Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
El documento que condujo a Esteban Valcárcel hasta Valdemora era una hoja arrancada de un registro judicial, fechada en 1884 y firmada por un secretario cuyo nombre había sido raspado con tanta fuerza que el papel estaba a punto de romperse. En el margen se mencionaba la desaparición de una niña llamada Inés Robledo, de nueve años, vista por última vez junto al pozo de la plaza vieja. La investigación se cerró tres días después, cuando la menor apareció dormida en su cama, sana y salva, aunque sus padres aseguraron que jamás había regresado a casa. Nadie consiguió explicar dónde había pasado aquellas tres noches ni por qué, al despertar, la niña preguntó por un hermano que no existía. El expediente contenía una declaración de su madre, que afirmaba haber escuchado a Inés hablar durante el sueño con alguien situado al otro lado de la pared. La última frase del testimonio estaba subrayada con lápiz: «Mi hija dice que ha cumplido su promesa, pero nosotros no recordamos haberle pedido nada». Al pie de la página, con una tinta distinta, alguien había dibujado un triángulo atravesado por una línea y escrito el número 31.
Valcárcel llevaba semanas reuniendo testimonios que parecían obedecer a una misma lógica. En San Bartolomé del Silencio, los penitentes llamaban a quienes todavía no debían seguirlos; en el puerto de la Hoz Negra, Julián Soria caminaba sin conseguir recordar dónde había muerto; en las ventas, una habitación inexistente aguardaba a un huésped cuyo nombre aparecía en registros imposibles. Ahora, el expediente de Valdemora introducía una diferencia inquietante: allí nadie parecía perseguido ni atrapado contra su voluntad. Las personas acudían al pozo por iniciativa propia, pronunciaban una petición y, tarde o temprano, recibían aquello que habían deseado. El problema comenzaba después. Valcárcel encontró referencias a una mujer que había pedido volver a ver a su marido, a un labrador que había deseado recuperar una cosecha perdida y a un muchacho que había suplicado que su padre dejara de beber. En los tres casos, el deseo se cumplió de una manera que terminó convirtiéndose en una desgracia. Lo extraño era que las consecuencias nunca se atribuían al pozo. Los habitantes del pueblo hablaban de mala suerte, de castigos o de decisiones equivocadas, pero todos coincidían en una cosa: nadie debía acudir allí después de la puesta de sol.
Valdemora aparecía en los mapas como una pequeña localidad agrícola, situada entre campos de cereal y lomas cubiertas de encinas. Cuando Valcárcel llegó, el 17 de octubre de 1926, encontró las calles casi vacías y las puertas cerradas pese a que todavía quedaban varias horas de luz. En la plaza principal había una fuente moderna, alimentada por una conducción de agua, pero el antiguo pozo se encontraba en una plazoleta apartada, detrás de la iglesia. Una verja de hierro rodeaba la abertura de piedra y una cadena oxidada impedía acercarse al brocal. Sobre la pared contigua alguien había clavado una tabla con una advertencia: «AGUA NO POTABLE». Debajo, casi oculta por el musgo, había otra inscripción mucho más antigua: «Lo que se entrega debe ser devuelto». Valcárcel fotografió ambas señales. Al revisar la imagen, descubrió que en el cristal de la cámara se reflejaba una figura infantil situada detrás de él, aunque la plazoleta estaba vacía. Cuando se volvió, solo encontró una pelota de trapo junto a la verja. La recogió para apartarla del barro y advirtió que llevaba bordado un nombre: Inés.
El hombre que aceptó hablar con él se llamaba Leandro Montalbán y era el encargado de mantener limpia la iglesia. Tenía más de setenta años y una memoria sorprendentemente precisa para las fechas, los apellidos y los sucesos que habían ocurrido en Valdemora durante el último medio siglo. Al escuchar el nombre de Inés Robledo, dejó el manojo de llaves sobre la mesa y preguntó quién le había hablado de ella. Valcárcel mostró el expediente, pero el anciano no quiso tocarlo. Explicó que Inés había sido la única persona que regresó del pozo después de desaparecer, aunque nadie sabía con certeza si la niña que volvió era la misma que había bajado a la plazoleta. Durante años, sus padres mantuvieron la historia en secreto. La pequeña creció, se marchó del pueblo y nunca volvió a pronunciar el nombre de su hermano. Lo más extraño, sin embargo, era que los registros parroquiales anteriores a 1884 mencionaban a un niño llamado Tomás Robledo, nacido dos años antes que Inés y fallecido a los seis meses. No existía ninguna otra referencia a él. Ni una fotografía, ni una carta, ni un recuerdo familiar que pudiera confirmarlo. «En este pueblo», dijo Leandro, «la gente puede olvidar una desgracia. Lo que no puede hacer es olvidar lo que ha prometido».



