El cuarto expediente era diferente a los anteriores. No contenía informes policiales ni diarios de investigación, sino una fotografía en blanco y negro cuidadosamente protegida dentro de un sobre de papel amarillento. En el reverso, escrito con la letra de Esteban Valcárcel, podía leerse una única frase: «La fotografía fue tomada un domingo. La persona que aparece en ella no estaba allí». La imagen mostraba una pequeña plaza de un pueblo castellano, probablemente una mañana de otoño, con varias personas reunidas frente a la iglesia. Había seis adultos, tres niños y un perro, todos mirando hacia la cámara. Todos excepto una persona. Al fondo de la fotografía, junto a la puerta de la iglesia, aparecía una mujer vestida completamente de negro. Su rostro apenas podía distinguirse y Valcárcel había marcado su silueta con un círculo de tinta.
La historia había comenzado el domingo 17 de octubre de 1926, cuando el fotógrafo Julián Montalvo instaló su cámara frente a la iglesia de San Bartolomé para realizar varios retratos después de la misa. Era una costumbre habitual en el pueblo. Las familias aprovechaban los domingos para hacerse fotografías que después enviaban a sus parientes que vivían lejos, y Montalvo llevaba años recorriendo la comarca con su vieja cámara de placas. Aquella mañana tomó decenas de fotografías sin encontrar nada fuera de lo normal, hasta que comenzó a revelar las primeras placas en el pequeño estudio que tenía junto a la plaza. Fue entonces cuando una de las imágenes llamó su atención, aunque no por las personas que aparecían en primer plano, sino por una figura situada al fondo, era una mujer vestida de negro.
Montalvo conocía a casi todos los habitantes del pueblo y preguntó inmediatamente quién era. Algunos pensaron que se trataba de una mujer que había acudido a misa, otros dijeron que podía ser una visitante y una anciana aseguró que quizá pertenecía a otra familia y que simplemente había pasado por allí en el momento de hacer la fotografía. El asunto habría terminado ahí si Montalvo no hubiera continuado revelando las placas tomadas aquella mañana. La mujer aparecía en otra fotografía y después en otra. Siempre vestida de negro, siempre inmóvil y siempre mirando hacia la cámara, aunque nunca ocupaba exactamente el mismo lugar. En una aparecía junto a un árbol, en otra detrás de un grupo de niños y en una tercera casi escondida entre las sombras de una puerta.
Montalvo comenzó a inquietarse. Revisó las placas una por una y comprobó que todas habían sido tomadas aquella misma mañana. Después regresó a la plaza y buscó a la mujer entre las personas que todavía permanecían allí, pero no encontró a nadie que coincidiera con la figura de las fotografías. Preguntó nuevamente a los vecinos y recibió las mismas respuestas vagas. Nadie sabía quién era. Aquella tarde decidió revelar una última placa que había tomado accidentalmente cuando la plaza estaba vacía. La fotografía mostraba únicamente la fachada de la iglesia. No había personas, niños ni animales. Sin embargo, la mujer seguía allí, pero esta vez estaba mucho más cerca.


