En algunos hoteles, los huéspedes dejan las llaves sobre el mostrador antes de marcharse. Otros las devuelven muchos años después. Y hay habitaciones en las que alguien sigue esperando, aunque el edificio haya olvidado que alguna vez existieron. El expediente número once llegó al archivo de Esteban Valcárcel el 21 de octubre de 1926, dentro de una carpeta de cartón azul que llevaba estampado el nombre de un establecimiento desaparecido de los registros comerciales: el Hotel del Cardenal. No había ninguna carta de presentación ni una nota que explicara quién había reunido aquellos documentos. Solo contenía una hoja arrancada de un libro de huéspedes, una llave antigua con una pequeña placa de latón en la que se distinguía el número doce y una fotografía en blanco y negro del vestíbulo de un hotel. Al dorso, escrito con tinta azul, alguien había dejado una anotación breve: «El huésped llegó a las 22:40. La habitación estaba preparada. Nadie recuerda haberla limpiado». Valcárcel reconoció enseguida la fecha que aparecía en la hoja del registro, el 17 de octubre de 1926, la misma que había encontrado en la fotografía del cementerio de San Bartolomé y en otros documentos relacionados con sus investigaciones. Desde que las cartas de Gabriel Robledo habían aparecido en su escritorio, procuraba no atribuir significado a cada coincidencia, pero aquella fecha comenzaba a repetirse con una insistencia que ya no podía considerar casual.
El Hotel del Cardenal había sido un establecimiento de categoría modesta situado junto a una antigua carretera comercial, en una localidad del interior de Castilla cuyo nombre aparecía incompleto en varios documentos. Durante el siglo XIX había alojado a viajantes, funcionarios y comerciantes que recorrían la región en diligencia, aunque su actividad había disminuido considerablemente después de la apertura de una estación de ferrocarril a varios kilómetros del pueblo. Según una reseña publicada en un periódico provincial en 1901, el hotel había cerrado sus puertas tras un incendio que destruyó parte de la planta superior. No hubo víctimas mortales, pero los daños obligaron a clausurar varias habitaciones y, finalmente, el edificio fue vendido a un propietario que lo convirtió en una residencia privada. Lo que más llamó la atención de Valcárcel fue un detalle aparentemente secundario: la noticia mencionaba expresamente que las habitaciones diez, once y doce habían quedado inutilizadas por el fuego, aunque un inventario posterior aseguraba que el inmueble solo disponía de once habitaciones antes del incendio. La contradicción podía explicarse por un error de imprenta o por una reforma mal documentada, pero la presencia de aquella llave con el número doce hizo que el investigador decidiera seguir el rastro del establecimiento.
Tres días después, Valcárcel llegó al pueblo donde había estado el hotel. El edificio conservaba todavía la fachada original, con los balcones de hierro forjado, una marquesina de madera oscurecida por la humedad y un letrero ovalado del que apenas quedaban unas letras descoloridas. Vivía allí una mujer llamada Mercedes Aranda, viuda del último propietario, que aceptó recibirlo después de escuchar sus preguntas sobre la historia del inmueble. Mercedes rondaba los sesenta años y tenía la costumbre de observar a sus interlocutores antes de responder, como si necesitara comprobar que las preguntas no escondían una intención distinta de la que aparentaban. Cuando Valcárcel le mostró la fotografía del vestíbulo, reconoció la escalera, el mostrador y el espejo de marco dorado que aparecía al fondo. También identificó una puerta estrecha junto al arranque de los peldaños, aunque aseguró que aquella puerta había sido tapiada antes de que ella naciera. Según le había contado su marido, detrás se encontraba un antiguo corredor de servicio que comunicaba con las habitaciones de la planta superior. Al preguntarle por la habitación doce, Mercedes dejó de mirar la fotografía y fijó los ojos en la llave que el investigador había colocado sobre la mesa.


