31 de octubre de 1926. Archivo de Esteban Valcárcel.
La mañana del 31 de octubre amaneció cubierta por una niebla espesa. Desde la ventana del archivo, Esteban Valcárcel apenas distinguía los tejados de los edificios cercanos. Había pasado la noche sin dormir, escuchando los ruidos de la casa y repasando una y otra vez las advertencias de su padre. La carta de 1896, la grabación de su infancia, las fotografías y la pequeña llave de hierro permanecían extendidas sobre la mesa. Había llegado el día anunciado en tantos documentos, el día en que aquella presencia intentaría completar lo que había comenzado treinta años atrás. Sin embargo, había algo que todavía no comprendía: por qué necesitaba que él abriera la puerta si, según las últimas pruebas, llevaba tanto tiempo encontrando caminos para manifestarse. A las ocho de la mañana volvió a escuchar la cinta magnética. Esta vez no buscó las palabras de su padre ni la voz infantil que había reconocido como propia. Prestó atención a los sonidos del fondo. Entre los crujidos y las conversaciones apenas audibles descubrió algo que no había advertido antes: una respiración lenta, profunda y acompasada, que se repetía cada pocos segundos. Al principio creyó que era un defecto de la grabación, pero al reproducir el fragmento varias veces comprendió que aquel sonido no pertenecía a ninguna de las personas presentes. Era una respiración demasiado regular, demasiado profunda, como si alguien estuviera escuchando desde una habitación situada al otro lado de la pared. Recordó entonces la primera fotografía de la investigación, aquella que había encontrado junto a los documentos de la casa. La imagen mostraba una fachada antigua, aparentemente deshabitada, pero las cortinas de una de las ventanas aparecían ligeramente desplazadas. En el reverso había una anotación: «La casa respira cuando alguien la recuerda». Durante semanas había interpretado aquella frase como una descripción poética de los fenómenos que se producían en el edificio. Ahora empezaba a entenderla de otra manera. La casa no respiraba porque estuviera viva. Respiraba porque algo situado detrás de ella estaba intentando imitar aquello que necesitaba para existir.
Revisó las anotaciones de su padre y encontró una hoja que había permanecido doblada dentro de la cubierta del diario. La letra era temblorosa, pero el mensaje resultaba perfectamente legible: «No invocamos a los muertos. No abrimos una comunicación con quienes ya no están. El procedimiento permite que algo sin memoria propia utilice la nuestra para construir una identidad. Necesita una voz que responda, un recuerdo que pueda reproducir y alguien que reconozca como suyo aquello que le devuelve. Cuando consiga las tres cosas, buscará el umbral». Debajo había una segunda anotación: «Robledo creyó que podría controlarlo. Se equivocó. El primer error fue permitir que el niño respondiera». Valcárcel dejó el documento sobre la mesa. Por fin comprendía el significado de aquella frase que se repetía desde 1896. La presencia no era el fantasma de una persona desaparecida, ni el espíritu de alguien que hubiera muerto en la casa. Tampoco era exactamente una criatura que pudiera describirse con las categorías habituales de sus investigaciones. Era algo que imitaba. Algo que podía reproducir una voz, una fotografía, un recuerdo o una apariencia, pero que necesitaba que una persona aceptara aquella imitación como verdadera. No podía construir una vida propia, así que intentaba apropiarse de la de los demás. La respuesta del niño había sido el primer contacto. La memoria recuperada por el visitante de medianoche había proporcionado el siguiente paso. Y las puertas numeradas no eran treinta y una entradas a lugares diferentes, sino manifestaciones de un mismo acceso, fragmentado para encontrar a alguien que terminara de reconocerlo, pero aún faltaba una respuesta, ¿quién había abierto la puerta en 1896?



