La primera vez que Esteban Valcárcel recordó la puerta, tenía ocho años. La segunda, estaba convencido de que la había soñado. La tercera, encontró una fotografía que demostraba que había estado allí. Aquella mañana de octubre de 1926 comprendió que existía una cuarta posibilidad, mucho peor que las anteriores: que la puerta nunca hubiera desaparecido, que hubiera permanecido todo aquel tiempo en algún lugar de su memoria y que algo, al otro lado, hubiera estado esperando a que él volviera a recordarla. El reloj de su despacho marcaba las ocho y doce cuando extendió sobre la mesa los documentos recuperados durante los últimos días. La fotografía del hombre sin rostro, la nota que había aparecido después de la visita de medianoche, el informe del cementerio de San Jerónimo y la imagen de la escalera que no debería existir formaban un círculo imperfecto. En una esquina, la pequeña llave de hierro parecía demasiado antigua para pertenecer a cualquiera de aquellos expedientes. Valcárcel la había encontrado junto a la fotografía de su dormitorio infantil, después de que la figura del fondo desapareciera de la imagen. Desde entonces no se había atrevido a introducirla en ninguna cerradura. No porque temiera romperla, sino porque empezaba a sospechar que algunas llaves no abrían puertas: recordaban a quien las sostenía que ya las había abierto una vez. Volvió a leer la última anotación de su padre, escrita en octubre de 1896: «El niño ha respondido. No repetir el procedimiento». Durante años había interpretado aquellas palabras como una referencia a algún experimento, una sesión de espiritismo o una de las extravagancias de los hombres que visitaban la propiedad de Gabriel Robledo. Ahora, sin embargo, había algo que no encajaba. Su padre no había escrito que el niño hubiera visto algo, ni que hubiera oído una voz. Había escrito que había respondido. Y el visitante de la noche anterior le había dicho exactamente lo mismo: que Esteban había sido el primero en responder...
No recordaba haber pronunciado palabra alguna aquella tarde de su infancia. Recordaba una habitación iluminada por una lámpara, dos sillas colocadas frente a una pared desnuda y una pequeña puerta al fondo, tan baja que un adulto habría tenido que arrodillarse para atravesarla. Recordaba también la mano de su padre apretándole el hombro y aquella advertencia que había permanecido enterrada durante treinta años: «Si alguien te pregunta qué viste, no lo recuerdes. Si alguien te pregunta qué abriste, di que nada». Pero entre esas imágenes había un hueco. No sabía quién estaba sentado en la segunda silla, ni por qué la puerta tenía luz por debajo, ni qué había ocurrido después de que él mirase hacia ella. Lo único que conservaba era la certeza infantil de que alguien había pronunciado su nombre desde el otro lado y de que él, sin comprender el peligro, había contestado. A las nueve y media decidió visitar la antigua propiedad de Robledo. No esperaba encontrarla intacta; los registros indicaban que el edificio había sufrido varias transformaciones y que parte de la finca había sido demolida décadas atrás. Sin embargo, necesitaba comprobar algo que hasta entonces solo había considerado una posibilidad: si la casa de las fotografías y la vivienda que aparecía en sus recuerdos eran el mismo lugar. Antes de salir, guardó la llave en el bolsillo interior de la chaqueta y dejó una nota sobre la mesa, con la fecha y la hora. Añadió una instrucción para sí mismo: si regresaba y encontraba aquellas palabras tachadas, no debía confiar en la persona que las hubiera corregido. La dirección lo condujo a una calle estrecha donde las fachadas antiguas se mezclaban con edificios levantados más recientemente. La propiedad ya no existía como tal. En su lugar había una construcción de aspecto corriente, con un portal oscuro y una escalera que ascendía desde el vestíbulo. El encargado, un hombre de manos grandes y voz cansada, aseguró que el inmueble se había reformado años atrás y que no quedaba ningún rastro de la casa anterior. Valcárcel le mostró una reproducción del plano que había encontrado entre los papeles de Robledo. El hombre lo observó durante unos segundos, frunció el ceño y señaló una zona que el dibujo identificaba como un pequeño cuarto bajo la escalera.



