Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
La nota apareció entre las páginas de un libro de cuentas que Esteban Valcárcel había encontrado en la Venta del Descanso. Era un papel estrecho, arrancado de una libreta y doblado tantas veces que las fibras comenzaban a deshacerse por los pliegues. No llevaba fecha ni firma, únicamente una dirección escrita con tinta azul: Venta de la Estrella, camino de la Puebla Vieja. Debajo, alguien había añadido una advertencia: «Si encuentra la casa a oscuras, siga caminando. Si ve la luz, no se detenga. Y si alguien lo invita a entrar, recuerde que una habitación puede permanecer ocupada mucho después de que su huésped haya desaparecido». Valcárcel leyó aquellas líneas varias veces. La mención a una habitación ocupada le recordó el registro de la casa anterior, la puerta número doce y las treinta y una campanadas que habían terminado sin producir un sonido reconocible. Guardó la nota en el bolsillo interior de la chaqueta y anotó en su cuaderno que quizá la siguiente pista no estuviera relacionada con una presencia que intentaba salir, sino con algo que llevaba mucho tiempo esperando a que alguien entrara. La Venta de la Estrella se encontraba a unos treinta kilómetros de la carretera principal, en una antigua ruta utilizada por arrieros y viajeros antes de que se construyera el nuevo trazado. Valcárcel llegó poco antes del anochecer y encontró un edificio bajo, de muros encalados y tejado hundido en uno de sus extremos. Un letrero de madera colgaba sobre la entrada, sujeto por una sola cadena oxidada. Las letras habían perdido casi toda la pintura, pero todavía podía leerse el nombre del establecimiento. No había vehículos en el patio, ni animales en los cobertizos, ni señales de que alguien hubiera utilizado el camino en muchos años. Sin embargo, en una de las ventanas del piso superior brillaba una luz amarilla, constante y cálida, que no parecía provenir de una lámpara eléctrica. Valcárcel comprobó su reloj: eran las 22:41. Se acercó a la puerta principal y llamó tres veces. Desde el interior llegó un ruido de pasos, seguido por el sonido de un cerrojo que se deslizaba lentamente.
Quien abrió fue un hombre de rostro estrecho, barba gris y ropa oscura, que parecía haber envejecido mucho más de lo que su cuerpo permitía adivinar. No preguntó quién era Valcárcel ni qué buscaba a aquellas horas. Lo observó unos segundos y después se apartó para dejarle paso, como si hubiera estado esperándolo. El investigador explicó que necesitaba alojamiento y que había encontrado la dirección en un documento antiguo. El hombre respondió que siempre había habitaciones disponibles, aunque añadió que algunas no debían ocuparse bajo ninguna circunstancia. Cuando Valcárcel le preguntó por la luz de la ventana, el posadero miró hacia el techo y guardó silencio. «Esa habitación no está alquilada», dijo finalmente. «Tampoco está vacía». Después cerró la puerta, echó el cerrojo y le indicó que podía pasar la noche en el comedor, siempre que no subiera al piso superior después de las once y diecisiete. El interior de la venta olía a leña apagada, humedad y cera vieja. Sobre el mostrador descansaba un libro de huéspedes abierto por una página en blanco, y detrás había una hilera de llaves numeradas que llegaba hasta el treinta y uno. Valcárcel observó que faltaba la número doce. El posadero advirtió su mirada y cerró el armario con una rapidez que no consiguió disimular su inquietud. En el comedor había una chimenea encendida, cuatro mesas de madera y un reloj de pared detenido a las 23:17. El hombre le sirvió una taza de caldo y le preguntó si viajaba solo. Valcárcel respondió que sí, pero el posadero miró por encima de su hombro, hacia la puerta cerrada, como si alguien acabara de entrar detrás de él. Después le preguntó si conocía a un tal Esteban Valcárcel. El investigador sintió que el calor de la chimenea desaparecía de repente. Antes de que pudiera contestar, el hombre se inclinó sobre la mesa y murmuró: «Si ese es su nombre, esta noche no debe responder cuando lo llamen».


