Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
Documento recuperado: declaración personal, registro de visitas y transcripción parcial de una conversación.
Lugar: Madrid.
Fecha del incidente: 27 de octubre de 1926.
Anotación manuscrita: «El visitante conocía mis recuerdos. Lo terrible fue que recordaba algunos mejor que yo».
Valcárcel no volvió a dormir aquella noche. Después de revelar las fotografías del quinto piso, había extendido sobre su escritorio todos los documentos que relacionaban la casa de las ánimas, la estación de Valdemora, el hotel del Cardenal y el cementerio viejo de San Jerónimo. Por primera vez, las piezas parecían formar una estructura coherente. No se trataba de lugares malditos ni de sucesos independientes, sino de diferentes accesos a un mismo espacio imposible, un corredor que conectaba habitaciones, recuerdos y personas que no siempre pertenecían al mismo tiempo. La presencia necesitaba ser escuchada, obtener una respuesta, apropiarse de una identidad y utilizar los recuerdos de esa persona para reproducirla. Solo entonces podía pedir que alguien abriera una puerta. Valcárcel escribió aquella secuencia en una hoja nueva y la colocó en el centro de la mesa. Después añadió una pregunta que llevaba días evitando: si la presencia necesitaba que alguien le abriera desde este lado, ¿cómo había conseguido entrar en los recuerdos de tantas personas? La respuesta podía encontrarse en la carpeta negra, en el expediente 31 o en aquella voz que aseguraba proceder de un momento posterior al 31 de octubre. Pero había algo más que no encajaba. En la última fotografía, un hombre sin rostro descendía por las escaleras mientras el propio Valcárcel lo observaba desde arriba. Si la figura era una representación de la presencia, ¿por qué llevaba su anillo? Y si era él quien observaba, ¿quién estaba regresando realmente? El investigador decidió que no abandonaría el despacho hasta encontrar una explicación provisional. No llegó a terminar la segunda página de sus notas. A las once y cuarenta y tres de la noche llamaron a la puerta principal del edificio. La portera había salido a visitar a una hermana enferma y el resto de los vecinos parecía haberse retirado a descansar. Valcárcel escuchó los golpes desde su habitación y consultó el reloj. Tres llamadas, separadas por intervalos regulares. No respondió. Recordó la advertencia que había encontrado en la estación, las instrucciones escritas en las fichas del cementerio y las palabras de su propia voz al otro lado de la puerta 31. No debía contestar cuando alguien utilizara su nombre, ni abrir cuando la llamada procediera de un lugar que no podía existir. Sin embargo, aquella vez no escuchó ninguna voz familiar. Solo una llamada más, seguida por el sonido de alguien depositando un objeto en el suelo. Después, unos pasos se alejaron por la escalera. Valcárcel esperó varios minutos antes de salir. En el rellano encontró un sobre de color crema, sin sello ni dirección, colocado cuidadosamente junto al pasamanos. En el anverso aparecía escrito su nombre completo con una letra que reconoció de inmediato: era su propia caligrafía. Dentro había una tarjeta de visita en la que solo figuraban tres palabras: «Vengo a despedirme». Debajo, con tinta más oscura, alguien había añadido una hora: 00:00. El investigador regresó al despacho, cerró la puerta y guardó la tarjeta en un cajón. No sabía quién había dejado el sobre, pero estaba convencido de que aquella visita no había sido un intento de entrar. Había sido un aviso.
A medianoche, alguien llamó a la puerta del despacho.
Valcárcel se quedó inmóvil. La vivienda estaba cerrada, las ventanas aseguradas y la puerta principal del edificio tenía un cerrojo que solo podía abrirse desde dentro. Había comprobado las cerraduras antes de acostarse. No había oído pasos en el corredor ni el crujido de la escalera. Sin embargo, al otro lado de la puerta había alguien esperando. El investigador se levantó despacio y acercó una silla a la mesa, sin apartar la mirada del picaporte. Entonces escuchó una voz masculina, tranquila y cansada.



