Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
Documento recuperado: informe municipal de inspección.
Inmueble: calle de San Roque, número 17.
Estado oficial: deshabitado desde 1901.
Observación manuscrita: «No volver a entrar después de realizar las fotografías».
La carpeta apareció dentro de un sobre que alguien había deslizado por debajo de la puerta del despacho de Esteban Valcárcel. No contenía carta de presentación ni indicación alguna sobre su procedencia, únicamente un informe municipal de inspección fechado el 6 de marzo de 1912 y una serie de fotografías en blanco y negro que mostraban el interior de una vivienda abandonada. La cubierta llevaba un sello de tinta violeta y una anotación mecanografiada: «Inmueble número 17. Calle de San Roque. Inspección extraordinaria». En la primera página se indicaba que la casa llevaba once años cerrada, que sus antiguos propietarios habían desaparecido sin dejar herederos conocidos y que el edificio debía ser evaluado antes de autorizar su demolición. El informe describía humedades, vigas deterioradas, cristales rotos y acumulación de polvo, pero concluía que no existían indicios de ocupación reciente. Al final, sin embargo, alguien había añadido una nota manuscrita: «La vivienda está vacía. Las fotografías no». Valcárcel extendió las imágenes sobre la mesa y comenzó a examinarlas una por una. Todas mostraban habitaciones aparentemente desiertas, muebles cubiertos por sábanas, puertas entreabiertas y ventanas por las que entraba una luz grisácea. En la última fotografía, tomada desde el vestíbulo, se distinguía una figura oscura al fondo de un corredor. No parecía una persona de carne y hueso, sino una silueta reflejada en una superficie que no aparecía en la estancia. En el reverso, escrito con lápiz, figuraba una frase: «La primera vez estaba al fondo. La segunda, más cerca».
Valcárcel buscó referencias al inmueble en los periódicos y registros municipales. La casa de San Roque había pertenecido a la familia Aranda, comerciantes de tejidos que vivieron allí durante varias generaciones. En enero de 1901, los vecinos denunciaron que la vivienda permanecía cerrada desde hacía semanas y que nadie respondía a las llamadas. Las autoridades forzaron la entrada y encontraron las habitaciones ordenadas, la mesa puesta para una comida y un reloj detenido a las 23:17. No había señales de violencia ni rastros de que sus habitantes hubieran preparado una mudanza. Los cuatro miembros de la familia, junto con una criada y un empleado que dormía en la buhardilla, habían desaparecido. Las autoridades concluyeron que probablemente habían abandonado la localidad por motivos desconocidos, aunque no se encontró registro de que hubieran vendido sus propiedades ni retirado dinero de sus cuentas. La casa fue clausurada y permaneció sin uso durante once años. En 1912, cuando comenzaron los preparativos para su demolición, los trabajadores se negaron a continuar después de que uno de ellos asegurara haber visto una luz encendida en una habitación del piso superior. El informe oficial atribuyó el incidente a una confusión, pero las fotografías adjuntas mostraban algo que no encajaba con aquella explicación: una puerta abierta en una pared que, según los planos, debía ser completamente lisa. El investigador consiguió localizar al funcionario que había firmado el documento, un antiguo arquitecto municipal llamado Ricardo Menéndez, que vivía retirado en una localidad cercana. Menéndez recibió a Valcárcel con evidente recelo y al principio negó recordar la inspección. Cuando el investigador le mostró las fotografías, el anciano se quedó mirando la última durante tanto tiempo que Valcárcel llegó a pensar que no iba a responder. Finalmente, admitió que había participado en la inspección junto a dos operarios y un fotógrafo municipal. Los cuatro recorrieron la casa a plena luz del día, comprobaron cada habitación y anotaron las deficiencias estructurales. Todo parecía normal hasta que el fotógrafo, al preparar una toma del pasillo, preguntó quién había abierto la puerta del fondo. Menéndez le respondió que no existía ninguna puerta allí. El fotógrafo señaló una abertura que aparecía detrás de él, en la pared donde debería encontrarse la entrada al comedor. Al girarse, los cuatro vieron únicamente una superficie cubierta de papel pintado. Cuando volvieron a mirar por el visor de la cámara, la puerta seguía apareciendo. Menéndez ordenó al fotógrafo que tomara la imagen y después les pidió a todos que abandonaran la casa. En el exterior, el hombre reveló una placa de prueba y descubrió que la puerta aparecía en la fotografía, pero también una figura oscura al otro lado del umbral. «No era una persona que estuviera dentro», explicó el anciano. «Parecía alguien que estaba esperando a que nosotros entráramos».



