En lo alto de la sierra riojana, oculto entre montes y sombras, alcanzamos el esqueleto de un pueblo que parece resistirse al olvido: Turruncún. Pero incluso antes de pisar sus ruinas, nos recibió una advertencia muda, casi ceremonial. Lo primero que emergió ante nuestros pasos no fueron las casas desdentadas ni la silueta herida de su iglesia, sino un pequeño cementerio suspendido en el abandono, salpicado por humildes cruces dispersas y tumbas profanadas por el tiempo o por manos desconocidas. Entre la tierra removida, vimos pequeños huesos asomar como fragmentos de una memoria violentada, blanqueando bajo el polvo.
La visión resultó desoladora, profundamente inquietante, como si el lugar quisiera anunciarnos desde su umbral que en Turruncún incluso los muertos parecían haber sido privados de descanso.
Del latido rural al eco de los huesos
Hoy contemplamos apenas unas ruinas silenciosas, pero allí existió en otro tiempo un pequeño núcleo rural dedicado a la agricultura y la ganadería, con vida propia y una iglesia que todavía conserva sus cicatrices de piedra. Sin embargo, algo ocurrió. Algo partió en dos su historia.




