miércoles, 7 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 7 · LA ÚLTIMA FOTOGRAFÍA DE ELENA



El séptimo expediente no estaba guardado junto a los anteriores. Valcárcel había utilizado una caja de madera pequeña, de las que antiguamente se empleaban para conservar placas fotográficas, y sobre la tapa había escrito con lápiz una única palabra: ELENA. Dentro había nueve fotografías, una hoja arrancada de un cuaderno, un sobre amarillento y una pequeña nota escrita con la misma tinta que ya había aparecido en otros documentos del archivo. La nota decía: «No busques su primera fotografía. Busca la última». Debajo había una fecha: 17 de octubre de 1926. No había ninguna explicación más. Valcárcel había numerado las fotografías del uno al nueve, pero la número nueve estaba separada del resto y envuelta en un trozo de papel. En el reverso había escrito: «Esta no debería existir».

La primera fotografía mostraba a una joven de unos treinta años delante de una estación de tren. Vestía un abrigo oscuro, llevaba el cabello recogido y sostenía una pequeña maleta con una mano mientras miraba directamente hacia la cámara. Al fondo podía distinguirse el reloj de la estación, aunque la esfera era demasiado pequeña para saber la hora. En el reverso aparecía un nombre: Elena Rivas. Debajo, una fecha que parecía haber sido escrita muchos años después de que la fotografía fuera tomada. 12 de octubre de 1926. Valcárcel había añadido una anotación: «No sé quién es. Pero aparece en tres expedientes anteriores». La segunda fotografía mostraba a Elena en una plaza de un pueblo que Valcárcel reconoció como el mismo lugar de la fotografía del domingo del Expediente 004. La mujer vestía exactamente igual y parecía tener la misma edad, pero aquella imagen estaba fechada cinco días después de la primera. La tercera fotografía resultó todavía más extraña, porque Elena aparecía frente a una casa cuya descripción coincidía con la del primer expediente. En una de las ventanas del piso superior podía distinguirse una silueta oscura. Valcárcel había rodeado la ventana con tinta y había escrito al margen: «La figura aparece antes de que yo llegue».

Durante varias horas intentó encontrar una explicación sencilla. Pensó que Elena podía haber sido una investigadora, una periodista o incluso una persona relacionada con alguno de los testigos que había entrevistado, pero ninguno de los nombres encontrados en sus notas hacía referencia a una Elena Rivas. Revisó cartas, periódicos locales, registros parroquiales y los nombres de las personas que habían vivido en las casas investigadas durante los últimos años, pero no encontró nada que pudiera explicar por qué aquella mujer aparecía en fotografías tomadas en lugares diferentes. Lo que más le preocupaba, sin embargo, no era su presencia, sino la manera en que las fotografías parecían seguir una secuencia. En la primera Elena estaba lejos de la cámara. En la segunda aparecía más cerca. En la tercera estaba todavía más cerca y, al fondo, la silueta que ya había aparecido en otros expedientes parecía encontrarse también un poco más próxima. Valcárcel escribió entonces una frase que subrayó dos veces: «No estoy siguiendo a Elena. Elena está siguiendo algo».

martes, 6 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 6 · LA HABITACIÓN QUE NO EXISTÍA




El sexto expediente apareció dentro de una caja de madera que Esteban Valcárcel utilizaba para guardar aquellos documentos que todavía no consideraba suficientemente importantes como para incorporarlos al archivo principal. No había ninguna fotografía en la cubierta, ningún número de expediente visible y tampoco aparecía el nombre del lugar donde se había producido el suceso. Solo una pequeña etiqueta pegada en un lateral contenía una anotación escrita a mano: «No estaba en los planos.» En el interior había cuatro hojas mecanografiadas, un plano antiguo de una casa de huéspedes, una pequeña llave de hierro y una fotografía en blanco y negro en la que aparecía un largo pasillo con varias puertas. Al dorso de la imagen, Valcárcel había escrito una fecha: 21 de octubre de 1926. Debajo había añadido una segunda anotación que parecía más una advertencia que una descripción: «Hay una habitación más cuando cae la noche.»

El caso había comenzado en una antigua casa de huéspedes situada en una localidad de la provincia de Segovia. El edificio había pertenecido durante décadas a una familia dedicada al alojamiento de viajeros y, aunque todavía conservaba buena parte del mobiliario original, llevaba cerrado casi dos años cuando una mujer llamada Mercedes Robles decidió ponerse en contacto con Valcárcel. Según explicó en su carta, uno de sus antiguos empleados había regresado al edificio para recuperar unos documentos y había descubierto algo que no podía explicar. La casa tenía seis habitaciones en la planta superior, exactamente las mismas que figuraban en los planos conservados por la familia, pero aquella noche el hombre había encontrado una séptima puerta al final del pasillo. No recordaba haberla visto nunca y, cuando intentó abrirla, descubrió que detrás había una habitación completamente amueblada. Sobre la cama había una maleta de cuero, en la pared colgaba un espejo antiguo y junto a una ventana había una pequeña mesa con una lámpara encendida. Lo más extraño, sin embargo, no fue encontrar una habitación que no aparecía en los planos, sino descubrir sobre la mesa una fotografía de la propia casa tomada muchos años antes.

lunes, 5 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 5 · EL NOMBRE ESCRITO EN EL CRISTAL

El quinto expediente era mucho más delgado que los anteriores. No contenía informes policiales ni declaraciones de varios testigos, tampoco había en su interior una colección de fotografías como en el caso del domingo. Solo tres hojas mecanografiadas, una pequeña fotografía en blanco y negro y un sobre de papel marrón cuyo interior conservaba todavía una fina capa de polvo gris. En la primera página, Esteban Valcárcel había escrito a mano una frase que ocupaba casi todo el margen superior: «No fue escrito con tinta.» Debajo, con una letra mucho más pequeña y aparentemente añadida varios días después, había otra anotación: «Y no estaba allí cuando llegué.» No había ninguna explicación sobre aquellas palabras, pero la fotografía que acompañaba al expediente mostraba una casa de piedra situada al final de un camino embarrado, con las ventanas oscuras y una fachada cubierta parcialmente por la hiedra. En la parte posterior de la imagen podía leerse una fecha: 17 de octubre de 1926.

La casa se encontraba en las afueras de un pequeño pueblo de Guadalajara y llevaba varios años deshabitada cuando Valcárcel recibió una carta de un maestro llamado Tomás Aranda. Según explicaba en ella, durante tres noches consecutivas había pasado frente al edificio camino de la estación y había visto algo extraño en una de las ventanas del piso superior. La primera noche creyó que se trataba de una inscripción antigua que siempre había estado allí y a la que nunca había prestado atención. La segunda distinguió algunas letras sobre el cristal, aunque la distancia no le permitió saber qué decían. La tercera decidió acercarse y entonces comprendió que aquello no podía ser una inscripción antigua, porque la palabra había aparecido sobre el cristal durante la noche y estaba escrita con humedad, como si alguien hubiera utilizado un dedo para dibujarla desde el interior. Era su propio nombre.

Valcárcel llegó a la casa poco antes del anochecer. La construcción estaba rodeada de árboles secos y maleza, y el camino que conducía hasta ella mostraba pocas huellas recientes. No encontró señales de que nadie hubiera entrado allí en mucho tiempo, pero cuando levantó la mirada hacia el piso superior comprendió inmediatamente por qué Aranda había decidido escribirle. En una de las ventanas había varias letras dibujadas sobre el cristal. Desde el camino solo podían distinguirse cuatro: E / S / T / E. Valcárcel se acercó hasta la fachada y descubrió que después de aquellas letras había una quinta, parcialmente borrada, que parecía una B. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió cuidadosamente el cristal desde el exterior. Las primeras letras desaparecieron con facilidad, pero debajo de ellas apareció otra inscripción que no había podido distinguir antes. Esta vez no estaba formada por humedad ni podía borrarse con el pañuelo. Parecía encontrarse dentro del propio cristal, era su apellido...VALCÁRCEL