Esteban Valcárcel no durmió aquella noche. Desde los tres golpes que había escuchado bajo el suelo de su despacho, permaneció sentado frente a la mesa, con la lámpara encendida y la pequeña llave de hierro encerrada en el cajón. No había vuelto a oír la voz, pero tampoco se había atrevido a marcharse. La frase que había encontrado en el dibujo infantil seguía ocupando sus pensamientos: «Esteban, esta vez no vengas solo». No sabía quién la había escrito, ni a quién se refería aquel plural implícito, pero empezaba a sospechar que la advertencia no pretendía protegerlo de la puerta. Quizá lo que intentaba decirle era que, cuando llegara el momento, no sería él quien decidiera quién la atravesaría. A las seis y veinte de la mañana abrió el expediente 031 y volvió a examinar todos los documentos. Había aprendido a desconfiar de las explicaciones que parecían demasiado sencillas, pero también sabía que las coincidencias podían esconder una estructura. El número 31 aparecía en el plano de Robledo, en las puertas de la escalera imposible, en los registros del cementerio y en las anotaciones que su propia mano parecía haber escrito sin que él las recordara. El reloj detenido a las 23:17 se repetía en las fotografías y en los testimonios. Las voces pedían respuesta. Las puertas aparecían en lugares que otros aseguraban no haber visto nunca. Y, por encima de todo, la presencia parecía necesitar que alguien recordara haberla recibido. No bastaba con abrir una cerradura. Era necesario reconocer lo que aguardaba al otro lado. A las siete recibió una llamada telefónica. El timbre lo sobresaltó porque el aparato llevaba varios días desconectado, después de que una voz idéntica a la de su padre hubiera hablado desde el auricular durante la madrugada. Esteban no contestó. Dejó que sonara hasta que el silencio regresó al despacho. Entonces vio que había aparecido una pequeña tarjeta junto al teléfono. No había oído abrirse la puerta, ni pasos en el pasillo, ni el roce de papel contra la madera. La tarjeta estaba escrita con una tinta azul desvaída y llevaba una única frase: «Mañana vendrán a buscarte».
Debajo figuraba su dirección completa, seguida de una hora: 23:17.
Esteban guardó la tarjeta en una funda de papel y anotó el lugar y el momento en que la había encontrado. Después examinó el teléfono. El cable seguía cortado, y los extremos estaban cubiertos de polvo. No existía una explicación razonable para aquella llamada, pero el detalle que más le inquietaba no era ese. En el reverso de la tarjeta había una impresión tenue, como la marca dejada por otra hoja escrita encima. Al inclinarla bajo la luz de la lámpara, consiguió distinguir varias palabras: «No dejes que te llamen por tu nombre». Durante las horas siguientes intentó localizar a las personas relacionadas con la propiedad de Gabriel Robledo. Algunas habían muerto; otras no aparecían en los registros; y dos de las direcciones que encontró correspondían a edificios que ya no existían. Sin embargo, una anotación en el margen de un viejo libro de cuentas le proporcionó un nombre: Aurelio Montalbán, hermano de la niña Isabel que aparecía en los documentos del cementerio. Junto a él figuraba una dirección escrita a lápiz y una nota que parecía añadida mucho después: «Él recuerda el día de la visita». Valcárcel preparó una carpeta con las fotografías, el plano y una copia de la tarjeta. Antes de salir, dejó tres mensajes en lugares distintos, con instrucciones precisas para que nadie respondiera a ninguna llamada que utilizara su voz. La dirección de Montalbán conducía a una vivienda estrecha, en una calle donde la luz del día parecía llegar con dificultad. Le abrió un hombre de edad avanzada, vestido con una chaqueta oscura y con las manos temblorosas. Al escuchar el nombre de Esteban, no preguntó quién era ni qué deseaba. Se apartó del umbral y lo invitó a entrar, aunque antes de cerrar la puerta miró dos veces hacia la calle, como si temiera que alguien los hubiera seguido. En el salón había fotografías familiares, una vitrina con objetos antiguos y un reloj de pared que marcaba las once y diecisiete. Esteban lo señaló con la mirada. Montalbán siguió sus ojos y respondió con una calma que parecía ensayada:



