domingo, 4 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 4 · LA FOTOGRAFÍA DEL DOMINGO


El cuarto expediente era diferente a los anteriores. No contenía informes policiales ni diarios de investigación, sino una fotografía en blanco y negro cuidadosamente protegida dentro de un sobre de papel amarillento. En el reverso, escrito con la letra de Esteban Valcárcel, podía leerse una única frase: «La fotografía fue tomada un domingo. La persona que aparece en ella no estaba allí». La imagen mostraba una pequeña plaza de un pueblo castellano, probablemente una mañana de otoño, con varias personas reunidas frente a la iglesia. Había seis adultos, tres niños y un perro, todos mirando hacia la cámara. Todos excepto una persona. Al fondo de la fotografía, junto a la puerta de la iglesia, aparecía una mujer vestida completamente de negro. Su rostro apenas podía distinguirse y Valcárcel había marcado su silueta con un círculo de tinta.

La historia había comenzado el domingo 17 de octubre de 1926, cuando el fotógrafo Julián Montalvo instaló su cámara frente a la iglesia de San Bartolomé para realizar varios retratos después de la misa. Era una costumbre habitual en el pueblo. Las familias aprovechaban los domingos para hacerse fotografías que después enviaban a sus parientes que vivían lejos, y Montalvo llevaba años recorriendo la comarca con su vieja cámara de placas. Aquella mañana tomó decenas de fotografías sin encontrar nada fuera de lo normal, hasta que comenzó a revelar las primeras placas en el pequeño estudio que tenía junto a la plaza. Fue entonces cuando una de las imágenes llamó su atención, aunque no por las personas que aparecían en primer plano, sino por una figura situada al fondo, era una mujer vestida de negro.

Montalvo conocía a casi todos los habitantes del pueblo y preguntó inmediatamente quién era. Algunos pensaron que se trataba de una mujer que había acudido a misa, otros dijeron que podía ser una visitante y una anciana aseguró que quizá pertenecía a otra familia y que simplemente había pasado por allí en el momento de hacer la fotografía. El asunto habría terminado ahí si Montalvo no hubiera continuado revelando las placas tomadas aquella mañana. La mujer aparecía en otra fotografía y después en otra. Siempre vestida de negro, siempre inmóvil y siempre mirando hacia la cámara, aunque nunca ocupaba exactamente el mismo lugar. En una aparecía junto a un árbol, en otra detrás de un grupo de niños y en una tercera casi escondida entre las sombras de una puerta.

Montalvo comenzó a inquietarse. Revisó las placas una por una y comprobó que todas habían sido tomadas aquella misma mañana. Después regresó a la plaza y buscó a la mujer entre las personas que todavía permanecían allí, pero no encontró a nadie que coincidiera con la figura de las fotografías. Preguntó nuevamente a los vecinos y recibió las mismas respuestas vagas. Nadie sabía quién era. Aquella tarde decidió revelar una última placa que había tomado accidentalmente cuando la plaza estaba vacía. La fotografía mostraba únicamente la fachada de la iglesia. No había personas, niños ni animales. Sin embargo, la mujer seguía allí, pero esta vez estaba mucho más cerca.

sábado, 3 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 3 · TRES GOLPES EN LA PARED

El tercer expediente apareció dentro de una carpeta de cartón gris, sin fecha y sin ninguna referencia al lugar donde había sido encontrado. A diferencia de los documentos anteriores, aquel expediente no contenía fotografías. Solo había tres hojas mecanografiadas, una pequeña llave oxidada y una anotación manuscrita en el margen:

«No respondas a los golpes.»

La primera hoja estaba firmada por Esteban Valcárcel.

En octubre de 1926, Valcárcel llegó a una antigua pensión situada junto a una carretera secundaria del norte de Castilla. El edificio había sido construido sobre una casa mucho más antigua y llevaba décadas funcionando como alojamiento para viajeros. La propietaria, una mujer llamada Amalia Rivas, aseguraba que desde hacía tres noches alguien llamaba desde una de las paredes del segundo piso. No llamaba a una puerta ni golpeaba una ventana. Los golpes procedían directamente del interior del muro y siempre se repetían de la misma manera: tres golpes secos, separados por unos segundos. La primera noche, Amalia pensó que se trataba de alguna tubería. La segunda creyó escuchar a alguien caminando por el tejado. La tercera llamó a la Guardia Civil, pero nadie encontró nada...

Valcárcel llegó aquella misma tarde. Lo primero que hizo fue examinar la habitación. Era pequeña, con una cama de hierro, un armario y una ventana que daba al patio trasero. La pared donde se producían los golpes parecía completamente normal. La golpeó con los nudillos y comprobó que sonaba maciza. Después consultó los planos antiguos de la pensión. La pared daba directamente al exterior. No había ninguna habitación al otro lado, ni pasillo, ni hueco entre los muros. Nada que pudiera explicar aquellos sonidos. Aquella noche, Valcárcel decidió dormir en la habitación.

A las 22:41 escuchó el primer golpe.

Toc.

Esperó unos segundos.

Toc.

Después llegó el tercero.

Toc.

Valcárcel encendió la lámpara y anotó la hora en su cuaderno. Durante casi una hora permaneció sentado junto a la cama, observando la pared. No volvió a escuchar nada hasta las 23:17. El reloj de bolsillo se detuvo justo en ese instante.

viernes, 2 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 2 · EL PASAJERO DE LAS 23:17


2 de octubre


El tren salió de la estación de Atocha a las 21:48, con destino al norte. Era uno de aquellos convoyes nocturnos que todavía conservaban compartimentos cerrados, cortinas pesadas y una iluminación amarillenta que hacía que los rostros parecieran más cansados de lo que realmente estaban. En el vagón número seis viajaban nueve personas, al menos eso decía el revisor. Entre ellas estaba Clara Montes, una joven maestra que regresaba a su pueblo después de pasar varios meses en Madrid. Había reservado un compartimento para ella sola, pero poco después de abandonar la estación escuchó unos pasos en el pasillo y alguien llamó suavemente a su puerta. Era el revisor, que le pidió el billete, comprobó la fecha y continuó su camino. Clara volvió a cerrar la puerta y se acomodó junto a la ventana. El paisaje nocturno se deslizaba al otro lado del cristal convertido en manchas negras y pequeñas luces lejanas. Sacó un libro del bolso, pero apenas había leído dos páginas cuando el tren comenzó a reducir la velocidad. Miró su reloj.

23:12.

No recordaba ninguna parada prevista a esa hora. El tren continuó avanzando durante unos minutos más hasta detenerse por completo. Clara apartó ligeramente la cortina, pero no había ninguna estación, solo oscuridad y, a lo lejos, una pequeña luz roja que parecía balancearse entre los árboles, entonces, alguien abrió la puerta del compartimento, un hombre estaba de pie en el pasillo. Tendría unos cincuenta años, vestía un abrigo oscuro, llevaba un sombrero antiguo y sostenía una pequeña maleta de cuero. Lo extraño era que parecía completamente empapado, aunque fuera no estaba lloviendo. El hombre miró el asiento frente a Clara.

«¿Está libre?»

Ella dudó unos segundos y finalmente asintió. El hombre entró y cerró la puerta. No dijo nada más...

Durante los siguientes minutos permanecieron en silencio. Clara intentó continuar leyendo, pero no conseguía concentrarse. Había algo extraño en aquel pasajero. No era su ropa ni su aspecto, aunque ambas cosas parecían pertenecer a otra época. Era la sensación de que ya lo había visto antes, finalmente se decidió a hablar: