Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
Documento recuperado: transcripción parcial de comunicaciones ferroviarias.
Lugar: estación de Valdemora del Norte.
Último servicio registrado: 14 de febrero de 1901.
Anotación manuscrita: «Si anuncian el tren, no consulte el horario».
La primera noticia sobre la estación llegó a Esteban Valcárcel a través de una carta sin remitente que contenía una hoja arrancada de un libro de incidencias ferroviarias. El papel estaba amarillento, tenía los bordes oscurecidos y conservaba una mancha de tinta junto al margen superior. En el encabezamiento figuraban el nombre de la estación de Valdemora del Norte y una fecha: 14 de febrero de 1901. Debajo, con letra regular y sin correcciones, alguien había escrito: «A las 23:17 se anuncia la llegada del tren procedente de Madrid. No existe servicio programado. No se recibe ninguna composición. El mensaje vuelve a transmitirse a las 23:19». La anotación terminaba con una firma ilegible y una observación añadida años después: «El jefe de estación abandonó su puesto antes del amanecer. Nunca regresó». Valcárcel reconoció el nombre de Valdemora. No era la primera vez que aparecía en sus documentos: el pozo de las promesas y algunos de los testimonios relacionados con el camino de la Higuera pertenecían a aquella misma comarca. Sin embargo, lo que le llamó la atención no fue la coincidencia geográfica, sino la hora. Las 23:17 se repetían en sus expedientes con una insistencia que ya no podía atribuir a un simple error de registro. Guardó la hoja junto a las fotografías de la casa de San Roque y escribió una nota en su cuaderno: «Investigar si los lugares comparten una fecha, una persona o un acontecimiento que todavía no hemos identificado». La estación llevaba más de veinticinco años cerrada. Había sido construida para conectar varias poblaciones agrícolas con la línea principal, pero la escasez de viajeros y las dificultades del terreno hicieron que el servicio se redujera progresivamente hasta su suspensión definitiva. Los registros oficiales confirmaban que el último tren había circulado en febrero de 1901. Después se retiraron los empleados, se clausuraron las taquillas y se desmontaron algunos elementos de la vía. La estación quedó bajo custodia municipal, aunque nadie parecía recordar quién tenía las llaves. Valcárcel consultó los periódicos de la época y encontró una breve noticia sobre la desaparición del jefe de estación, un hombre llamado Aurelio Montalbán. Según la crónica, Montalbán había abandonado el edificio durante la madrugada del 15 de febrero, dejando el libro de incidencias abierto sobre el mostrador y una taza de café todavía caliente. No se encontraron señales de violencia ni indicios de que hubiera preparado una huida. Su esposa declaró que la noche anterior había regresado a casa nervioso, asegurando que el horario ferroviario había cambiado sin que nadie lo comunicara. También afirmó que su marido llevaba varias semanas escuchando anuncios por el altavoz de la estación cuando el edificio estaba vacío. La investigación se cerró después de unos meses, sin que se consiguiera determinar su paradero.
Valcárcel llegó a Valdemora del Norte poco antes del anochecer. La carretera terminaba junto a un grupo de casas abandonadas y un camino de tierra que descendía hacia las antiguas vías. La estación aparecía al final de una curva, parcialmente oculta por árboles y maleza. El edificio conservaba la fachada de ladrillo, un pequeño reloj sobre la entrada y un cartel donde todavía podían leerse las letras desvaídas de su nombre. Las ventanas estaban cubiertas de polvo y la puerta principal permanecía cerrada con una cadena oxidada. El investigador rodeó el edificio y encontró una entrada lateral cuyo pestillo cedió al presionarlo. Dentro olía a madera húmeda, carbón viejo y papel deteriorado. El vestíbulo conservaba el mostrador de billetes, un banco de hierro y un panel de horarios cuyos números habían sido borrados casi por completo. En una pared colgaba una campana manual y, sobre el mostrador, descansaba un libro de incidencias abierto por una página en blanco. Valcárcel comprobó el reloj del vestíbulo. Las agujas marcaban las 23:17. Su reloj de bolsillo indicaba las 18:26. No necesitó consultar ninguna nota para comprender que había llegado a otro lugar donde el tiempo parecía obedecer sus propias reglas.



