Hay luces que se encienden para alejar la oscuridad y hay otras que parecen haber sido concebidas para conversar con ella. Durante siglos, en distintos rincones de la Europa medieval —especialmente en las regiones francesas de Aquitania, Poitou y el Lemosín—, se levantaron unas extrañas y estilizadas construcciones de piedra que aún hoy desafían cualquier explicación definitiva. No eran campanarios, no eran torres de defensa, ni tampoco simples monumentos funerarios. Eran las llamadas "Linternas de los muertos" (lanternes des morts).
Esbeltas, silenciosas y de un magnetismo casi hipnótico, permanecían como vigías inmóviles en el corazón de los cementerios. En su parte superior, guarecida tras pequeñas aberturas en la piedra, ardía una llama que podía contemplarse a cientos de metros de distancia cuando la noche caía sobre el campo. Pero... ¿por qué sintió el hombre medieval la necesidad impostergable de iluminar la morada de los difuntos? Quizá la respuesta se perdió para siempre entre las sombras del tiempo, o quizá nunca existió una sola respuesta.


