Una mañana de junio en Sasebo
El 1 de junio de 2004 amaneció como cualquier otro martes en la ciudad portuaria de Sasebo, en la prefectura de Nagasaki. Los alumnos de la escuela primaria Okubo asistían a clase con la rutina habitual de un trimestre que avanzaba hacia el verano. Nada hacía presagiar que aquel edificio de educación pública se convertiría en el epicentro de un debate nacional sobre la salud mental de la juventud japonesa y los peligros del incipiente mundo digital.
Poco antes del mediodía, durante la hora del almuerzo, una alumna de 11 años (a quien los registros judiciales denominaron temporalmente como **"Niña A"**) pidió a su compañera **Satomi Mitarai**, de 12 años, que la acompañara a un aula vacía en el tercer piso del centro. Lo que inicialmente parecía una conversación privada entre compañeras devino en tragedia. Minutos después, la "Niña A" regresó a su aula habitual. Llevaba la ropa visiblemente manchada de sangre y sostenía un cúter escolar en la mano. Su tutora, al percatarse de la escena, halló el cuerpo de Satomi Mitarai en el aula desocupada. Las heridas en el cuello y los brazos eran severas, los servicios de emergencia no pudieron hacer nada por salvar su vida. La agresora admitió los hechos inmediatamente ante los profesores y la policía local, que se personó en el colegio pocos minutos después. Japón, un país con una de las tasas de homicidios más bajas del mundo, quedó paralizado por la naturaleza del crimen, la víctima y la victimaria eran apenas unas niñas.



