El séptimo expediente no estaba guardado junto a los anteriores. Valcárcel había utilizado una caja de madera pequeña, de las que antiguamente se empleaban para conservar placas fotográficas, y sobre la tapa había escrito con lápiz una única palabra: ELENA. Dentro había nueve fotografías, una hoja arrancada de un cuaderno, un sobre amarillento y una pequeña nota escrita con la misma tinta que ya había aparecido en otros documentos del archivo. La nota decía: «No busques su primera fotografía. Busca la última». Debajo había una fecha: 17 de octubre de 1926. No había ninguna explicación más. Valcárcel había numerado las fotografías del uno al nueve, pero la número nueve estaba separada del resto y envuelta en un trozo de papel. En el reverso había escrito: «Esta no debería existir».
La primera fotografía mostraba a una joven de unos treinta años delante de una estación de tren. Vestía un abrigo oscuro, llevaba el cabello recogido y sostenía una pequeña maleta con una mano mientras miraba directamente hacia la cámara. Al fondo podía distinguirse el reloj de la estación, aunque la esfera era demasiado pequeña para saber la hora. En el reverso aparecía un nombre: Elena Rivas. Debajo, una fecha que parecía haber sido escrita muchos años después de que la fotografía fuera tomada. 12 de octubre de 1926. Valcárcel había añadido una anotación: «No sé quién es. Pero aparece en tres expedientes anteriores». La segunda fotografía mostraba a Elena en una plaza de un pueblo que Valcárcel reconoció como el mismo lugar de la fotografía del domingo del Expediente 004. La mujer vestía exactamente igual y parecía tener la misma edad, pero aquella imagen estaba fechada cinco días después de la primera. La tercera fotografía resultó todavía más extraña, porque Elena aparecía frente a una casa cuya descripción coincidía con la del primer expediente. En una de las ventanas del piso superior podía distinguirse una silueta oscura. Valcárcel había rodeado la ventana con tinta y había escrito al margen: «La figura aparece antes de que yo llegue».
Durante varias horas intentó encontrar una explicación sencilla. Pensó que Elena podía haber sido una investigadora, una periodista o incluso una persona relacionada con alguno de los testigos que había entrevistado, pero ninguno de los nombres encontrados en sus notas hacía referencia a una Elena Rivas. Revisó cartas, periódicos locales, registros parroquiales y los nombres de las personas que habían vivido en las casas investigadas durante los últimos años, pero no encontró nada que pudiera explicar por qué aquella mujer aparecía en fotografías tomadas en lugares diferentes. Lo que más le preocupaba, sin embargo, no era su presencia, sino la manera en que las fotografías parecían seguir una secuencia. En la primera Elena estaba lejos de la cámara. En la segunda aparecía más cerca. En la tercera estaba todavía más cerca y, al fondo, la silueta que ya había aparecido en otros expedientes parecía encontrarse también un poco más próxima. Valcárcel escribió entonces una frase que subrayó dos veces: «No estoy siguiendo a Elena. Elena está siguiendo algo».


