sábado, 10 de octubre de 2026
🕯️ NOCHE 10 · CARTAS DESDE UNA TUMBA VACÍA
viernes, 9 de octubre de 2026
🕯️ NOCHE 9 · LA MUJER DEL RETRATO
jueves, 8 de octubre de 2026
🕯️ NOCHE 8 · EL RELOJ DEL ABUELO
El octavo expediente comenzaba con una carta que no estaba dirigida a Esteban Valcárcel, sino a «quien encuentre los documentos de mi abuelo». La había enviado Julián Ferrer desde un pequeño pueblo de la provincia de Soria y estaba fechada el 4 de octubre de 1926. En ella explicaba que su abuelo, Mateo Ferrer, había desaparecido hacía tres días después de pasar varias noches sentado frente a un antiguo reloj de pared que llevaba décadas detenido. Julián aseguraba que el reloj había pertenecido a su familia durante generaciones y que, según recordaba haberle oído decir a su abuelo cuando era niño, nunca debía ser reparado. «Mi abuelo decía que el reloj no estaba roto», escribió, «decía que simplemente había dejado de tener una razón para seguir funcionando». Valcárcel encontró aquella frase subrayada con lápiz en una copia de la carta y, debajo, una anotación suya: «Solicitar fotografías del reloj y preguntar qué ocurrió a las 23:17».
La casa de los Ferrer estaba situada al final de una calle estrecha, detrás de una iglesia pequeña y junto a un terreno que durante décadas había permanecido sin cultivar. Valcárcel llegó poco después del anochecer y fue recibido por Julián, un hombre de unos cuarenta años que parecía llevar varios días durmiendo poco. No tardó en conducirlo hasta el salón, donde el reloj ocupaba una parte completa de la pared. Era una pieza alta, de madera oscura, con una esfera blanca y números romanos ligeramente desgastados. Las agujas estaban detenidas a las once y diecisiete. Julián explicó que así llevaba desde que tenía memoria, pero que durante las últimas semanas había comenzado a escuchar algo en su interior. Al principio había pensado que eran piezas sueltas del mecanismo, después creyó que podía tratarse de madera dilatándose por la humedad, pero tres noches antes había escuchado claramente cómo el mecanismo comenzaba a funcionar. No avanzaba las agujas ni hacía sonar las campanas. Durante unos segundos, simplemente parecía que alguien estaba dando cuerda al reloj desde el interior.
—¿A qué hora ocurrió?
Julián miró a Valcárcel antes de responder.
—A las 23:17.
Valcárcel no dijo nada. Sacó el cuaderno del bolsillo y anotó la hora junto al nombre de Mateo Ferrer. Después preguntó cuánto tiempo había funcionado el mecanismo.
—Treinta y un segundos.
Aquella respuesta hizo que levantara la mirada.


