Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
La primera vez que Esteban Valcárcel oyó hablar de la campana fue en una carta que había permanecido casi treinta años dentro de un cajón del archivo municipal de una pequeña localidad castellana. No llevaba sello postal ni dirección de destinatario, y el papel, amarillento y quebradizo, conservaba en uno de sus bordes una mancha oscura que parecía cera derretida. Su autor, un antiguo alguacil llamado Anselmo Cifuentes, relataba los sucesos ocurridos durante el invierno de 1897 en una venta situada junto al camino viejo de Valdearenas. Según el documento, durante nueve noches consecutivas se había escuchado una campana a la misma hora, aunque el edificio más cercano que poseía una era la iglesia del pueblo, situada a más de cuatro kilómetros. La décima noche, el sonido no llegó desde el valle, sino desde el interior de la propia venta, donde el alguacil aseguró haber encontrado una cuerda balanceándose en una habitación cerrada. Al final de la carta, escrito con una letra distinta, alguien había añadido: «La campana no llama a los que se han ido. Llama a los que todavía no saben que deben marcharse».
Valcárcel llevaba dos días intentando averiguar quién había escrito aquella última frase cuando recibió una segunda noticia relacionada con el caso. El dueño de una posada de carretera le había enviado un recorte de periódico en el que se anunciaba la muerte de un viajero, encontrado sin vida en una cuneta a finales de octubre de 1903. El hombre había pasado la noche en la venta de Valdearenas y, según el testimonio del posadero, abandonó la habitación poco después de las once, asegurando que alguien lo estaba llamando desde el campanario. No existía campanario alguno en la venta, que había sido construida sobre los restos de una antigua casa de postas, y el edificio llevaba años sin utilizarse. El viajero murió antes del amanecer, aunque el informe médico no encontró heridas ni señales evidentes de violencia. En el bolsillo de su abrigo apareció una llave de latón con el número doce grabado en el extremo. Valcárcel guardó el recorte junto a las cartas de Gabriel Robledo y la fotografía de Julián Soria. Por primera vez, dos expedientes separados por casi tres décadas parecían señalar el mismo lugar.
La venta de Valdearenas se encontraba al pie de una loma, junto a un camino de tierra que antiguamente conectaba varias aldeas con la carretera principal. Cuando Valcárcel llegó, a mediados de octubre de 1926, encontró las ventanas tapiadas y la puerta principal vencida por la humedad. La fachada conservaba un letrero de madera en el que apenas podían leerse las palabras «Venta del Descanso». Sobre el tejado, entre dos chimeneas derruidas, sobresalía una pequeña torre cuadrada que no figuraba en los planos originales del edificio. No tenía ventanas ni acceso visible desde el exterior, y la piedra de sus muros presentaba un color mucho más oscuro que el resto de la construcción. Valcárcel rodeó la casa buscando una entrada y descubrió, junto al muro posterior, una puerta estrecha que había sido asegurada con una cadena. La cerradura estaba cubierta de óxido, pero el candado parecía nuevo. En el barro que rodeaba el umbral había varias huellas recientes, todas dirigidas hacia el interior.
Antes de forzar la entrada, el investigador visitó el pueblo más cercano y preguntó por Anselmo Cifuentes. Nadie recordaba al antiguo alguacil, aunque un anciano que trabajaba reparando sillas aseguró haber oído contar a su abuelo que la venta se cerró después de una noche en la que desaparecieron cuatro huéspedes y el propietario. No hubo búsqueda oficial, ni denuncia, ni investigación judicial. Simplemente, las puertas quedaron cerradas y los vecinos dejaron de utilizar el camino. Cuando Valcárcel preguntó por la campana, el anciano abandonó su trabajo y miró hacia las colinas, como si esperara escuchar algo. «Hay sonidos que no conviene seguir», murmuró. Después añadió que, durante su infancia, su madre cerraba las contraventanas antes de las once y le prohibía contar las campanadas que llegaban desde Valdearenas. Si alguna noche oía una más de las que correspondían, debía permanecer en silencio hasta el amanecer. «Mi madre decía que la última campanada nunca se escuchaba con los oídos», explicó. «Se escuchaba dentro de la cabeza».
Valcárcel regresó a la venta al caer la tarde, equipado con una linterna, una cámara fotográfica y varios cuadernos. Consiguió romper el candado de la puerta posterior y entró en una cocina cubierta de polvo, con una chimenea ennegrecida y una mesa todavía puesta para cuatro personas. Los platos estaban vacíos, las cucharas descansaban junto a los bordes y una botella de vidrio permanecía en el centro, intacta, como si alguien hubiera interrumpido la cena unos segundos antes de que llegara el final. En una pared encontró un calendario detenido en noviembre de 1897. El día señalado era el veintisiete. Debajo del calendario, alguien había grabado en la madera treinta y una pequeñas marcas verticales, agrupadas en filas irregulares. La última estaba atravesada por una línea horizontal. Valcárcel fotografió el conjunto y anotó que el símbolo guardaba una semejanza evidente con el triángulo que aparecía en los documentos del expediente 31. Aquella casa no era simplemente otro lugar donde había ocurrido un fenómeno extraño. Alguien había dejado allí una señal relacionada con su investigación mucho antes de que él comenzara a investigar. La planta baja contenía un comedor, dos habitaciones vacías y un pequeño despacho con estanterías vencidas. En el escritorio encontró un libro de cuentas cuyos últimos asientos correspondían al otoño de 1897. Los nombres de los huéspedes aparecían acompañados de fechas, cantidades y números de habitación, aunque la venta solo tenía cinco dormitorios en la planta superior. Entre las anotaciones había una entrada fechada el veintisiete de noviembre: «Habitación 12. Un huésped. Sin equipaje». La línea siguiente estaba completamente tachada. Valcárcel acercó la lámpara y distinguió bajo la tinta una frase apenas legible: «Ha llegado antes de la llamada». En la última página del libro aparecía una firma que le resultó familiar, aunque al principio no logró situarla. Era la de Julián Soria, el nombre pronunciado por el caminante del puerto de montaña. Junto a la firma había una fecha: 14 de octubre de 1926. La tinta parecía reciente. El investigador subió al piso superior y recorrió los dormitorios. Las camas estaban cubiertas por sábanas amarillentas, los espejos habían perdido el azogue y varias puertas permanecían abiertas, dejando ver habitaciones vacías que olían a humedad y madera podrida. En el extremo del pasillo encontró una escalera estrecha que ascendía hasta una trampilla situada bajo el tejado. La madera estaba arañada desde el otro lado, con surcos profundos alrededor del cierre. Al levantarla, descubrió una estancia sin ventanas, iluminada únicamente por la luz de su linterna. En el centro colgaba una cuerda gruesa que descendía desde una viga y terminaba a la altura de su pecho. No había campana, soporte ni mecanismo alguno, pero la cuerda se balanceaba lentamente, describiendo un arco regular. Valcárcel la sujetó con ambas manos. El movimiento se detuvo. En cuanto la soltó, volvió a balancearse y entonces oyó la primera campanada...
El sonido fue grave, metálico y tan intenso que pareció recorrer las vigas de la casa. Valcárcel sintió una vibración en los dientes y tuvo que apoyarse contra la pared para mantener el equilibrio. No procedía de la torre ni de ninguna habitación conocida. Parecía surgir de todas partes al mismo tiempo, aunque el eco se concentraba sobre su cabeza, como si una campana enorme estuviera suspendida en algún lugar invisible. El investigador consultó su reloj de bolsillo. Eran las once y diecisiete. Cuando levantó la mirada, descubrió que la cuerda se había detenido y que en su extremo había aparecido una pequeña mancha de humedad. La gota se desprendió lentamente y cayó sobre el suelo. Al iluminarla, Valcárcel vio que no era agua. Era cera líquida, negra como la tinta. La segunda campanada llegó desde la planta baja. Después sonó una tercera, detrás de la pared, y una cuarta desde el interior de la torre. Valcárcel bajó la escalera con la linterna levantada, recorriendo el pasillo mientras los sonidos parecían desplazarse a su alrededor. Cada campanada iba acompañada de un golpe seco en alguna puerta, y cada golpe dejaba tras de sí un silencio más profundo que el anterior. Al llegar al comedor encontró los cuatro platos de la mesa colocados boca abajo. La botella seguía en el centro, pero ahora había una quinta copa junto a ella. Estaba llena hasta el borde de un líquido oscuro que reflejaba la luz como un espejo. En la superficie aparecía el rostro de Valcárcel, aunque la imagen no imitaba sus movimientos. Mientras él permanecía inmóvil, el reflejo levantó lentamente la cabeza y miró hacia la escalera, una voz masculina surgió del piso superior:
—La mesa está preparada.
Valcárcel reconoció la entonación de la grabación magnética, aquella voz que había pronunciado el nombre del investigador sin que nadie hubiera tenido que proporcionárselo. Retrocedió hacia la puerta, pero el pasillo se había alargado. Donde antes se encontraban las habitaciones ahora había una hilera de puertas idénticas, cada una con una placa de latón. La primera llevaba el número uno. La segunda, el dos. La tercera, el tres. Valcárcel avanzó unos pasos y contó doce puertas antes de detenerse frente a la última. En la placa brillaba el mismo número que había encontrado en la llave del viajero muerto. Al otro lado se oía una respiración pausada y el roce de alguien caminando descalzo sobre el suelo, la campana volvió a sonar...
Esta vez, el golpe llegó desde el interior de la habitación doce. La placa de latón vibró y la puerta se abrió unos centímetros. Valcárcel no se acercó. Desde la rendija apareció una luz amarillenta y, en el suelo, una sombra que se extendía hacia el pasillo. La voz volvió a llamarlo, pero ya no utilizó su nombre. Dijo únicamente: «El siguiente». Después se escucharon tres golpes en la madera, lentos y separados, idénticos a los que habían aparecido en las fotografías, en la cinta y en el testimonio de la procesión. Valcárcel retrocedió hasta la cocina y se encerró dentro, empujando una mesa contra la puerta. Durante varios minutos no oyó nada más que su propia respiración. Entonces comprendió que las campanadas no habían estado marcando la hora. Habían estado contando algo. Se obligó a escuchar desde el principio, repasando mentalmente cada sonido. La primera campanada había llegado cuando su reloj marcaba las 23:17. Después, los golpes se habían desplazado por el edificio, como si alguien avanzara de una habitación a otra. No había escuchado doce campanadas, ni trece. Había escuchado treinta y una. La última no había producido ningún sonido metálico. Solo una vibración profunda, interior, que le había dejado una presión dolorosa detrás de los ojos. En aquel instante, todas las puertas de la casa se cerraron al mismo tiempo. Valcárcel salió de la venta poco antes del amanecer. La torre seguía en su sitio y la cuerda del desván había dejado de moverse. La mesa de la cocina permanecía puesta para cuatro personas, sin la quinta copa ni la botella que había visto durante la noche. En el barro del patio encontró nuevas huellas que conducían hacia la carretera, pero ninguna regresaba al edificio. Antes de marcharse, examinó el libro de cuentas una última vez. La anotación de Julián Soria había desaparecido. En su lugar aparecía una frase escrita con la letra del propio Valcárcel: «No es la campana la que llama. Es la casa la que aprende a contar».
Al llegar al pueblo, el anciano reparador de sillas lo esperaba junto a la fuente. No preguntó qué había encontrado. Solo le pidió que describiera la última campanada. Valcárcel intentó hacerlo, pero no consiguió recordar ningún sonido. Recordaba el temblor de las paredes, el movimiento de la cuerda y la presión detrás de los ojos, pero no el instante exacto en que la campana había terminado de sonar. El anciano asintió lentamente, como si aquella respuesta confirmara algo que temía desde hacía muchos años:
—Entonces ya lo ha oído —dijo—. Ahora ella sabe que usted está ahí.
Valcárcel preguntó qué significaba aquello, pero el anciano se negó a responder. Antes de marcharse, le entregó un pequeño papel doblado que había encontrado años atrás entre las pertenencias de su padre. En él aparecía dibujado el símbolo triangular, acompañado de treinta y una marcas. Bajo ellas, una frase escrita con tinta desvaída advertía: «Cuando suene la última, no preguntes quién falta. Pregunta quién ha llegado».
Aquella tarde, Valcárcel regresó a su alojamiento y extendió sobre la mesa los documentos de las últimas noches. La procesión, el caminante, la cinta magnética, la habitación doce y la campana parecían acontecimientos separados, pero todos compartían una misma estructura: algo llamaba, alguien escuchaba y después aparecía una señal de que el proceso había avanzado. En el centro de sus notas dibujó el símbolo triangular y escribió junto a él los nombres de Gabriel Robledo y Julián Soria. Debajo añadió el suyo. Se quedó observando aquella lista durante varios minutos, hasta que descubrió una cuarta línea que no recordaba haber trazado. No contenía ningún nombre. Solo una hora: 23:17. A medianoche, mientras intentaba descansar, Valcárcel oyó una campanada lejana. Se incorporó de inmediato y comprobó el reloj. Marcaba las doce en punto. El sonido se repitió, esta vez más cerca, y después llegó una tercera campanada que parecía surgir de la pared de su habitación. Valcárcel no se movió. Recordó la advertencia del anciano y permaneció en silencio hasta que el sonido cesó. Entonces descubrió, sobre la mesa, una hoja que no estaba allí antes. Era una página arrancada de su propio cuaderno de campo. En ella había una frase escrita con su letra, aunque él no la recordaba:
«Quince noches han pasado. La campana ya sabe contar. Ahora necesita saber a quién debe llamar».
Debajo, una última anotación señalaba el siguiente lugar de la investigación: una iglesia abandonada donde, según los registros, las campanas habían sido retiradas hacía más de cincuenta años. Valcárcel cerró el cuaderno. Por primera vez, comprendió que los expedientes no se limitaban a conservar los testimonios de quienes habían encontrado algo inexplicable. También parecían registrar el avance de aquello que estaba reuniendo las piezas. Y si la campana había comenzado a contar las noches, quizá el número treinta y uno no señalara el final de la investigación, sino el momento en que alguien, por fin, respondería a su llamada.
Fin de la Noche 15.

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