EL UMBRAL DE LAS SOMBRAS
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sábado, 17 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 17 · EL POZO DE LAS PROMESAS






Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.

El documento que condujo a Esteban Valcárcel hasta Valdemora era una hoja arrancada de un registro judicial, fechada en 1884 y firmada por un secretario cuyo nombre había sido raspado con tanta fuerza que el papel estaba a punto de romperse. En el margen se mencionaba la desaparición de una niña llamada Inés Robledo, de nueve años, vista por última vez junto al pozo de la plaza vieja. La investigación se cerró tres días después, cuando la menor apareció dormida en su cama, sana y salva, aunque sus padres aseguraron que jamás había regresado a casa. Nadie consiguió explicar dónde había pasado aquellas tres noches ni por qué, al despertar, la niña preguntó por un hermano que no existía. El expediente contenía una declaración de su madre, que afirmaba haber escuchado a Inés hablar durante el sueño con alguien situado al otro lado de la pared. La última frase del testimonio estaba subrayada con lápiz: «Mi hija dice que ha cumplido su promesa, pero nosotros no recordamos haberle pedido nada». Al pie de la página, con una tinta distinta, alguien había dibujado un triángulo atravesado por una línea y escrito el número 31.

Valcárcel llevaba semanas reuniendo testimonios que parecían obedecer a una misma lógica. En San Bartolomé del Silencio, los penitentes llamaban a quienes todavía no debían seguirlos; en el puerto de la Hoz Negra, Julián Soria caminaba sin conseguir recordar dónde había muerto; en las ventas, una habitación inexistente aguardaba a un huésped cuyo nombre aparecía en registros imposibles. Ahora, el expediente de Valdemora introducía una diferencia inquietante: allí nadie parecía perseguido ni atrapado contra su voluntad. Las personas acudían al pozo por iniciativa propia, pronunciaban una petición y, tarde o temprano, recibían aquello que habían deseado. El problema comenzaba después. Valcárcel encontró referencias a una mujer que había pedido volver a ver a su marido, a un labrador que había deseado recuperar una cosecha perdida y a un muchacho que había suplicado que su padre dejara de beber. En los tres casos, el deseo se cumplió de una manera que terminó convirtiéndose en una desgracia. Lo extraño era que las consecuencias nunca se atribuían al pozo. Los habitantes del pueblo hablaban de mala suerte, de castigos o de decisiones equivocadas, pero todos coincidían en una cosa: nadie debía acudir allí después de la puesta de sol.

Valdemora aparecía en los mapas como una pequeña localidad agrícola, situada entre campos de cereal y lomas cubiertas de encinas. Cuando Valcárcel llegó, el 17 de octubre de 1926, encontró las calles casi vacías y las puertas cerradas pese a que todavía quedaban varias horas de luz. En la plaza principal había una fuente moderna, alimentada por una conducción de agua, pero el antiguo pozo se encontraba en una plazoleta apartada, detrás de la iglesia. Una verja de hierro rodeaba la abertura de piedra y una cadena oxidada impedía acercarse al brocal. Sobre la pared contigua alguien había clavado una tabla con una advertencia: «AGUA NO POTABLE». Debajo, casi oculta por el musgo, había otra inscripción mucho más antigua: «Lo que se entrega debe ser devuelto». Valcárcel fotografió ambas señales. Al revisar la imagen, descubrió que en el cristal de la cámara se reflejaba una figura infantil situada detrás de él, aunque la plazoleta estaba vacía. Cuando se volvió, solo encontró una pelota de trapo junto a la verja. La recogió para apartarla del barro y advirtió que llevaba bordado un nombre: Inés.

El hombre que aceptó hablar con él se llamaba Leandro Montalbán y era el encargado de mantener limpia la iglesia. Tenía más de setenta años y una memoria sorprendentemente precisa para las fechas, los apellidos y los sucesos que habían ocurrido en Valdemora durante el último medio siglo. Al escuchar el nombre de Inés Robledo, dejó el manojo de llaves sobre la mesa y preguntó quién le había hablado de ella. Valcárcel mostró el expediente, pero el anciano no quiso tocarlo. Explicó que Inés había sido la única persona que regresó del pozo después de desaparecer, aunque nadie sabía con certeza si la niña que volvió era la misma que había bajado a la plazoleta. Durante años, sus padres mantuvieron la historia en secreto. La pequeña creció, se marchó del pueblo y nunca volvió a pronunciar el nombre de su hermano. Lo más extraño, sin embargo, era que los registros parroquiales anteriores a 1884 mencionaban a un niño llamado Tomás Robledo, nacido dos años antes que Inés y fallecido a los seis meses. No existía ninguna otra referencia a él. Ni una fotografía, ni una carta, ni un recuerdo familiar que pudiera confirmarlo. «En este pueblo», dijo Leandro, «la gente puede olvidar una desgracia. Lo que no puede hacer es olvidar lo que ha prometido».

Valcárcel le preguntó si había visto alguna vez el interior del pozo. El anciano respondió que, cuando era niño, su abuelo le había contado que el agua no tenía fondo. No importaba cuánto descendiera una cuerda, siempre terminaba volviendo mojada y fría, sin que el cubo llegara a tocar ninguna superficie. También aseguraba que, en noches muy tranquilas, podía escucharse una voz desde el fondo. No pedía ayuda ni pronunciaba nombres. Preguntaba qué deseaba la persona que se encontraba arriba. La mayoría de los vecinos aprendía desde pequeña a no contestar. Otros, sin embargo, acudían al pozo después de una pérdida, una enfermedad o una desgracia familiar. Dejaban una moneda sobre el brocal, pronunciaban su deseo y regresaban a casa. El deseo solía cumplirse en los días siguientes. Entonces comenzaba la deuda, aunque nadie podía determinar cuándo ni de qué manera sería cobrada. Leandro miró a Valcárcel con una expresión grave. «Si baja a mirar», le advirtió, «no piense en aquello que más desea. El pozo no necesita oírlo de su boca para saberlo».

Aquella noche, Valcárcel se alojó en una habitación de la casa parroquial. Antes de dormir, extendió sobre la mesa el expediente de Inés, las fotografías de las ventas y las notas que había tomado durante las últimas semanas. En una de las imágenes de la procesión descubrió un detalle que había pasado por alto: al fondo de la calle, detrás de los penitentes, se distinguía un brocal de piedra rodeado por una verja. En otra fotografía, tomada junto a la venta del puerto, aparecía una forma circular semejante en el reflejo de un charco. Valcárcel comparó ambas imágenes con la fotografía de la plazoleta. Los tres pozos, o aquello que parecían ser, tenían la misma disposición de piedras y una marca triangular grabada en el borde. Anotó que quizá no se tratara de lugares distintos, sino de una misma estructura que aparecía en escenarios separados. Cuando terminó de escribir, el reloj de la habitación marcaba las 23:17. Desde algún lugar bajo el suelo llegó el sonido de una moneda cayendo al agua. Valcárcel salió de la casa parroquial con la linterna y el cuaderno. La verja del pozo estaba cerrada, pero la cadena descansaba en el suelo, cuidadosamente enrollada junto al muro. El investigador no recordaba haberla visto así durante la tarde. Se acercó al brocal y observó que la superficie del agua se encontraba muy por debajo de la abertura, aunque desde arriba no podía distinguir su profundidad. Encendió la linterna y dirigió el haz hacia el fondo. La luz descendió unos metros, iluminó las paredes húmedas y desapareció en una oscuridad que parecía absorberla. No había agua visible. Solo una superficie negra, inmóvil, en la que se reflejaban las estrellas pese a que el cielo estaba cubierto de nubes. Valcárcel se inclinó para mirar mejor. Entonces escuchó una voz infantil, clara y cercana, que parecía proceder de un lugar situado inmediatamente debajo de su rostro.

—¿Qué has venido a buscar?

El investigador se apartó de golpe. Recordó la advertencia de Leandro y mantuvo la boca cerrada. La voz volvió a preguntar, esta vez con una entonación distinta, como si intentara encontrar la manera adecuada de dirigirse a él.

—¿Qué deseas, Esteban?

Valcárcel sintió que el corazón le golpeaba el pecho. No había pronunciado su nombre desde que llegó a Valdemora, y nadie en el pueblo parecía conocerlo. Retrocedió hasta la verja, pero en el fondo del pozo se encendió una pequeña luz amarilla. Era la misma tonalidad que había visto en la ventana de la Venta de la Estrella. La luz se elevó lentamente por el interior del brocal, aunque no iluminaba las paredes ni producía sombra alguna. Al llegar a la altura del investigador, se detuvo. Durante un instante, Valcárcel creyó distinguir una habitación al otro lado de aquella claridad: una cama estrecha, una mesa de madera y una puerta con una placa de latón. Sobre la mesa había un cuaderno abierto. En la página visible se leía una frase que él mismo había escrito aquella tarde: «El pozo no necesita oírlo de su boca para saberlo». Entonces apareció un rostro en la superficie negra. Era el de un niño de unos seis años, con el pelo oscuro pegado a la frente y una expresión de tristeza demasiado adulta. No parecía ahogarse ni pedir ayuda. Miraba a Valcárcel con la paciencia de quien lleva mucho tiempo esperando una visita. El investigador recordó el nombre del hermano de Inés: Tomás. Cuando lo pronunció en voz baja, el agua se agitó por primera vez. Desde el fondo llegó un sonido parecido al de muchas personas respirando al mismo tiempo, y la voz infantil respondió:

—Ella prometió que volvería.

Valcárcel no preguntó quién era ella ni qué había prometido. Sabía que cada palabra podía convertirse en una puerta. El rostro desapareció y la superficie volvió a quedar inmóvil. Sin embargo, junto al brocal había aparecido una pequeña caja de madera que no estaba allí unos segundos antes. Tenía el tamaño de un libro y estaba cerrada con una cinta negra. En la tapa alguien había grabado el símbolo triangular y el número 31. Valcárcel la recogió, se alejó del pozo y regresó a la casa parroquial sin mirar atrás. Solo cuando cerró la puerta de su habitación se permitió abrirla. Dentro encontró tres documentos y una moneda antigua. El primero era una copia del registro de huéspedes de la Venta del Descanso, con la anotación de la habitación doce. El segundo contenía una fotografía de la procesión de San Bartolomé, pero en esta versión la figura situada al final de la fila tenía el rostro del niño que acababa de ver en el pozo. El tercero era una hoja manuscrita, firmada por una persona que utilizaba las iniciales E. V. En ella se describía una visita al mismo lugar muchos años antes y se afirmaba que el pozo no concedía deseos, sino que intercambiaba recuerdos. Quien pedía algo recibía una respuesta, pero perdía un recuerdo que le pertenecía. A veces la pérdida era pequeña: el rostro de un desconocido, una conversación olvidada, el nombre de una calle. Otras veces desaparecía algo esencial, una persona querida, una promesa o la certeza de haber vivido una parte de la propia vida. El último párrafo advertía que, cuando alguien pedía recuperar a un muerto, el pozo no devolvía necesariamente a la persona. Podía devolver el recuerdo de ella, una voz, una sombra o una presencia que supiera imitarla. Y cuanto más deseaba el solicitante que aquella presencia fuera real, más difícil resultaba distinguir la respuesta de la sustitución.

Valcárcel volvió a leer las iniciales de la firma. E. V. Podían corresponder a Esteban Valcárcel, pero la tinta y el papel parecían mucho más antiguos que los documentos de su archivo. La letra guardaba un parecido extraordinario con la suya, aunque había detalles que no lograba reconocer. En el reverso de la hoja encontró una anotación: «No pidas que regrese quien ya conoce el camino». Debajo, una fecha escrita con tinta roja: 31 de octubre de 1926. Valcárcel guardó los documentos y salió de nuevo hacia la plazoleta, decidido a averiguar qué había ocurrido con Inés Robledo. La casa de Leandro estaba cerrada, la iglesia permanecía a oscuras y las calles seguían vacías. Cuando llegó al pozo, descubrió que la verja estaba asegurada con la cadena y que la pequeña caja había desaparecido de su bolsillo. Sobre el brocal había una moneda idéntica a la que había encontrado en su interior. Al amanecer, Valcárcel buscó a Leandro y le mostró la fotografía del niño. El anciano la observó durante largo rato, con los labios apretados y los ojos húmedos. Después confesó que Inés había regresado al pueblo una última vez, muchos años después de su desaparición. Era ya una mujer anciana y llegó en una tarde de invierno, llevando una caja de madera y una moneda antigua. Pidió que la acompañaran hasta el pozo y permaneció allí durante horas, hablando en voz baja. Al amanecer regresó sola. Desde entonces, según Leandro, la luz de la plazoleta aparecía algunas noches reflejada en las ventanas de las casas, aunque nadie encendiera lámpara alguna. El anciano no sabía qué había pedido Inés ni qué había recibido a cambio. Solo recordaba que, antes de marcharse definitivamente de Valdemora, ella había dejado una frase escrita en la pared de su antigua vivienda: «Mi hermano ya no está perdido. Ahora sabe dónde encontrarme».

Valcárcel abandonó el pueblo antes del mediodía. Durante el viaje, revisó sus notas y descubrió que había olvidado el rostro de su madre. Recordaba su nombre, su voz y el lugar donde había vivido, pero no conseguía reconstruir sus facciones. No sabía si aquel recuerdo había desaparecido durante la noche o si llevaba años desvaneciéndose sin que él lo advirtiera. Cerró el cuaderno y se obligó a pensar en otra cosa. Al llegar a una curva, vio un pozo de piedra junto al camino, rodeado de hierba seca. No aparecía en el mapa. En el brocal había una inscripción recién grabada: «Lo que se entrega debe ser devuelto». Valcárcel siguió caminando sin detenerse. Aquella noche, al ordenar los documentos del expediente 31, descubrió que una de las páginas del cuaderno había cambiado. La anotación sobre la luz amarilla había desaparecido, sustituida por un dibujo de un pozo rodeado de treinta y una pequeñas marcas. En el fondo aparecía una figura humana, con una mano levantada hacia la superficie. Bajo el dibujo, alguien había escrito una frase con la letra de Valcárcel:

«No todos los que piden que alguien regrese están preparados para reconocerlo cuando vuelve».

El investigador cerró el cuaderno. Durante unos segundos, el silencio de la habitación pareció absoluto. Después oyó una moneda caer al agua, muy lejos, en algún lugar que no podía localizar. Y una voz infantil, que sonaba exactamente igual que la que había escuchado en Valdemora, pronunció su nombre, pero esta vez, la voz no preguntó qué deseaba...  Dijo que ya lo sabía.

Fin de la Noche 17.

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