Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
La fotografía llegó al archivo dentro de un sobre de papel grueso, sin sello, remitente ni dirección de devolución. Esteban Valcárcel la encontró una mañana entre los documentos que había dejado ordenados la noche anterior, apoyada contra el tintero como si alguien acabara de depositarla allí. Mostraba un camino rural flanqueado por muros de piedra, una hilera de árboles desnudos y una niña situada en el centro de la carretera. Vestía un abrigo claro, llevaba el cabello recogido y sostenía algo pequeño entre las manos. La imagen estaba deteriorada por los bordes, pero el rostro de la niña aparecía sorprendentemente nítido. En el reverso, escrito con lápiz, había una frase: «Lleva esperando desde el día en que dejaron de recordarla». Valcárcel reconoció de inmediato un detalle que le hizo abandonar cuanto estaba haciendo. La niña aparecía también en una de las fotografías de la procesión de San Bartolomé del Silencio, al fondo de la fila de penitentes, aunque entonces su figura estaba parcialmente oculta por las sombras. En aquella imagen parecía sostener un cirio. En la nueva fotografía, en cambio, tenía las manos vacías. El investigador examinó la emulsión, el papel y las marcas del revelado. La fotografía parecía antigua, probablemente de finales del siglo XIX, pero en la esquina inferior había una fecha que no podía pertenecer al original: 17 de octubre de 1926. Junto a ella aparecía el símbolo triangular, dibujado con una precisión casi mecánica, y una pequeña cifra dieciocho. Valcárcel guardó la imagen en una funda y revisó los expedientes de las últimas noches. El pozo de Valdemora, la Venta de la Estrella y la campana del Descanso habían dejado tras de sí objetos que parecían conservar una memoria propia. Sin embargo, aquella fotografía presentaba una diferencia esencial: no mostraba un lugar donde hubiera sucedido algo extraño, sino a alguien que parecía seguir allí, esperando. El investigador escribió en su cuaderno una primera hipótesis: quizá algunos de los desaparecidos no estaban atrapados en los lugares donde habían sido vistos por última vez, sino en el instante que precedió a su desaparición. Antes de cerrar la libreta, añadió una pregunta que no consiguió responder: ¿qué podía mantener a una niña esperando durante casi treinta años?
La única pista sobre la procedencia de la imagen era una pequeña inscripción en el borde, apenas visible bajo una mancha de humedad: «Camino de la Higuera, kilómetro cuatro». Valcárcel encontró la referencia en un mapa provincial de 1902. El camino unía dos aldeas separadas por campos de cultivo y una zona de monte bajo, aunque había dejado de aparecer en los mapas recientes después de que una riada destruyera parte del puente que lo atravesaba. El investigador preparó su equipo y partió aquella misma tarde. El cielo se había cubierto de nubes bajas y el viento arrastraba hojas secas por la carretera. A medida que se alejaba de la población más cercana, las señales desaparecían y los campos daban paso a terrenos pedregosos, cercados por muros antiguos. En el kilómetro cuatro encontró un poste de madera inclinado y, detrás de él, el comienzo de un sendero que parecía terminar en una cortina de niebla. No había casas a la vista ni huellas recientes en el barro. Sin embargo, junto al poste descansaba una pequeña cinta azul, cuidadosamente doblada, idéntica a la que llevaba la niña de la fotografía en el cabello. Valcárcel avanzó por el camino hasta llegar a una curva donde los muros se estrechaban y los árboles formaban una especie de túnel. Allí la vio por primera vez. La niña permanecía de pie junto a una piedra cubierta de musgo, con las manos cruzadas delante del cuerpo y la mirada fija en el tramo de carretera que se perdía tras la curva. No parecía sorprendida por la llegada del investigador. Tampoco mostró miedo cuando él se acercó. Su vestido era sencillo, de una época anterior, y el abrigo claro que llevaba sobre los hombros estaba manchado de barro en los bajos. Valcárcel se detuvo a varios pasos y le preguntó si se había perdido. La niña negó lentamente con la cabeza. Cuando él quiso saber dónde estaban sus padres, ella miró hacia el camino y respondió que estaba esperando a su hermano. Dijo que se había marchado antes de que oscureciera y que le había prometido regresar. Valcárcel le preguntó cuánto tiempo llevaba allí. La pequeña frunció el ceño, como si la pregunta careciera de sentido.
—No mucho —contestó—. Todavía no ha llegado la noche.



