El cuadro había sido localizado en una casa abandonada de un pequeño municipio de la provincia de Toledo, una construcción de finales del siglo XIX que llevaba más de veinte años cerrada y que había pertenecido a la familia Santacruz. El último propietario, según los documentos conservados en el archivo parroquial, había sido un hombre llamado Joaquín Santacruz, fallecido en 1914 sin descendencia. La casa pasó después a distintos familiares hasta que, en 1926, nadie quiso seguir ocupándose de ella. Fue entonces cuando un anticuario de Madrid recibió el aviso de que todavía quedaban muebles antiguos que podían recuperarse, y allí comenzó la historia del retrato. La primera persona que entró en la casa fue un hombre llamado Rafael Ortega, encargado de valorar los objetos que permanecían en el interior. En su informe escribió que la mayor parte de las habitaciones estaban vacías, cubiertas de polvo y humedad, pero que en el antiguo salón había encontrado un cuadro de tamaño considerable apoyado contra la pared. No estaba colgado y tampoco parecía haber sido retirado recientemente. El marco estaba cubierto por una fina capa de polvo, mientras que la superficie del cuadro permanecía sorprendentemente limpia, como si alguien hubiese pasado un paño por ella poco tiempo antes.
La mujer representada tendría unos treinta años. Vestía completamente de negro, con un vestido largo de cuello cerrado y unas mangas que llegaban hasta las muñecas. Estaba sentada junto a una ventana, aunque al otro lado del cristal no podía distinguirse ningún paisaje, únicamente una zona oscura que parecía corresponder a un interior. Sus manos descansaban sobre el regazo y en la izquierda llevaba un pequeño anillo de plata. El rostro era pálido, de facciones finas, y el cabello oscuro estaba recogido hacia atrás. No había nada especialmente extraño en ella, salvo por los ojos, porque no parecían mirar al pintor, sino hacia un punto situado detrás de quien contemplara el cuadro. Rafael pensó al principio que se trataba de un efecto producido por la perspectiva. Se acercó, observó el cuadro desde un lado y después desde el otro, incluso llegó a agacharse para comprobar si la dirección de los ojos cambiaba con el ángulo. No lo hacía. Aquella mujer parecía mirar siempre hacia el mismo punto situado fuera del cuadro, justo por encima del hombro derecho de quien permaneciera delante de ella. Rafael decidió no darle importancia y continuó examinando el resto de la habitación, pero cuando abandonó el salón y había recorrido apenas unos metros por el pasillo, escuchó un ruido seco procedente del interior. Regresó pensando que algún objeto habría caído al suelo y encontró el cuadro exactamente donde lo había dejado, apoyado contra la pared. Sin embargo, algo había cambiado... La ventana pintada detrás de la mujer estaba ahora abierta.
Rafael recordaba perfectamente que en el cuadro aparecía cerrada. Volvió a acercarse y observó el lienzo durante varios segundos, convencido de que había cometido un error al examinarlo por primera vez. La diferencia era tan pequeña que llegó a pensar que su memoria le estaba jugando una mala pasada, pero entonces descubrió algo más inquietante: al otro lado de la ventana ya no había oscuridad, sino un pasillo estrecho iluminado por una luz amarillenta, con una sucesión de puertas a ambos lados. Rafael contó seis antes de detenerse. Una de ellas parecía tener dibujado sobre la superficie un símbolo triangular, el mismo símbolo que aparecería meses después en los documentos de Esteban Valcárcel. Rafael abandonó la habitación aquella tarde y regresó a Madrid, pero dos días después recibió una carta de la persona que había contratado sus servicios. La carta era breve y le pedía que no volviera a entrar en la casa y que entregara cualquier objeto encontrado a un sacerdote de la localidad. Rafael se negó. Aseguró que aquel retrato podía tener cierto valor artístico y que quería comprobar si existían documentos sobre su procedencia, por lo que regresó al municipio y comenzó a investigar la historia de la familia Santacruz. Fue entonces cuando descubrió una inscripción en la parte posterior del marco: 1897. Debajo, casi completamente borrado, aparecía un nombre: MARÍA SANTACRUZ.
La fecha parecía corresponder al año en que el cuadro había sido pintado, pero existía un problema. Los registros familiares indicaban que María Santacruz había muerto en 1889, ocho años antes de que supuestamente se realizara el retrato. Rafael buscó el certificado de defunción y encontró algo todavía más extraño: María había fallecido con veintisiete años y había sido enterrada en el cementerio de la localidad. La descripción física coincidía con la mujer representada en el cuadro, incluido el anillo de plata que aparecía en su mano izquierda, pero nadie pudo explicar quién había pintado el retrato ni por qué existía una representación de una mujer fallecida ocho años antes. Valcárcel recibió la fotografía del retrato el 17 de octubre de 1926. La fecha hizo que detuviera la lectura durante varios minutos, porque era la misma que aparecía una y otra vez en los expedientes anteriores: la fotografía del domingo, Elena, el reloj y ahora aquel cuadro pintado décadas atrás. Valcárcel escribió una primera anotación en el margen: «Si el cuadro fue pintado en 1897, ¿por qué aparece en él una fecha de 1926?» Después tachó la pregunta y escribió otra: «¿Quién ha puesto la fecha?»
El expediente indicaba que el cuadro había sido trasladado a una habitación cerrada de una casa parroquial mientras Valcárcel estudiaba su procedencia. Cuando llegó, pidió que nadie permaneciera con él durante la inspección. Quería observar el retrato sin testigos y, sobre todo, comprobar si las alteraciones descritas por Rafael Ortega podían reproducirse. La habitación estaba iluminada por una única lámpara de aceite. Valcárcel colocó el cuadro frente a él y comenzó a tomar notas mientras examinaba cada detalle del lienzo. Durante los primeros minutos no ocurrió nada. La mujer permaneció sentada junto a la ventana, con las manos sobre el regazo y la mirada fija en aquel punto situado detrás de quien contemplaba el cuadro. Valcárcel acercó una lupa al rostro y examinó los ojos con detenimiento, pero no encontró ningún defecto en la pintura ni señales de retoques recientes. El cuadro parecía auténtico y, a juzgar por los materiales utilizados, probablemente pertenecía al último cuarto del siglo XIX. Entonces dirigió la atención hacia el margen inferior y descubrió que, debajo del marco, alguien había escrito una pequeña inscripción que no aparecía en las fotografías anteriores: 23:17
Valcárcel dejó la lupa sobre la mesa y miró el reloj de bolsillo. Eran las 23:11. Durante los seis minutos siguientes no apartó la vista del cuadro. A las 23:16, la llama de la lámpara se inclinó ligeramente hacia la derecha y, exactamente a las 23:17, se apagó. La habitación quedó completamente a oscuras. Valcárcel escribió después que escuchó un sonido muy leve, parecido al roce de una tela contra una silla, y que aquel ruido volvió a repetirse unos segundos después, esta vez con mayor claridad, como si procediera del propio cuadro. Cuando consiguió encender de nuevo la lámpara, la mujer seguía sentada en el mismo lugar, pero sus manos ya no descansaban sobre el regazo. Ahora estaban apoyadas en los brazos de la silla. Valcárcel se acercó hasta casi tocar el lienzo. El rostro seguía siendo el mismo, pero los ojos habían cambiado. Ya no miraban hacia el punto situado detrás de él, sino directamente hacia su rostro. Valcárcel retrocedió un paso y entonces vio algo que le hizo olvidar por completo el retrato: en el cristal de la ventana pintada detrás de la mujer había aparecido un reflejo que no correspondía a la habitación. Era el reflejo de un hombre de espaldas, vestido con un abrigo oscuro, detenido frente a una puerta. Valcárcel tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo, el hombre del reflejo era él...
A partir de aquel momento, las anotaciones del expediente cambiaron de tono. Valcárcel dejó de describir el cuadro como una pieza artística y comenzó a tratarlo como uno de los fenómenos relacionados con los casos anteriores. Comparó la mujer del retrato con las figuras que aparecían en las fotografías y descubrió varias coincidencias que, por separado, podían considerarse casuales, pero que juntas resultaban difíciles de ignorar: la mujer vestía de negro, aparecía relacionada con una fecha imposible, había una puerta al otro lado de una superficie que no debía contener ninguna puerta y el símbolo triangular volvía a aparecer oculto en el mismo entorno. Sobre todo, el cuadro parecía mostrar algo que todavía no había ocurrido. Valcárcel decidió volver a fotografiarlo al día siguiente. Antes de marcharse hizo una primera placa del retrato y la llevó a revelar. La imagen mostraba a la mujer sentada junto a la ventana, pero cuando examinó el negativo descubrió algo inesperado: en el cristal aparecía otra persona. Era una mujer situada detrás de él. Valcárcel escribió al pie de la fotografía: «No había nadie en la habitación.» Después añadió una segunda anotación: «La mujer del cristal no es María Santacruz.» Tras unos segundos de duda, escribió un último nombre: Elena
A la mañana siguiente, Valcárcel volvió al cuadro acompañado por el sacerdote que custodiaba la casa parroquial. El retrato parecía normal y la mujer había recuperado la posición original de sus manos, pero algo había cambiado en el fondo. La puerta que aparecía en el pasillo detrás de la ventana estaba ahora abierta. Valcárcel contó siete puertas y comprendió inmediatamente que la última no estaba allí el día anterior. En el centro de aquella séptima puerta podía distinguirse el mismo símbolo triangular que había encontrado en los expedientes anteriores. El sacerdote le preguntó qué significaba aquello. Valcárcel no respondió. Había comprendido algo que todavía no estaba preparado para escribir en el expediente: las puertas no estaban apareciendo solamente en las casas, ni en los espejos, ni en las fotografías, ni en los relojes. Podían aparecer también dentro de un recuerdo pintado. Y si aquello era cierto, entonces quizá el retrato no estuviera mostrando a una mujer que había muerto, sino a alguien que todavía no había terminado de llegar. Esa misma tarde, Valcárcel encontró un pequeño compartimento oculto en la parte posterior del marco. Dentro había una hoja doblada varias veces. La letra no era la de Rafael Ortega ni la de Joaquín Santacruz, pero Valcárcel reconoció inmediatamente aquella escritura. Era la misma que había aparecido en los expedientes anteriores. La hoja contenía únicamente cuatro frases:
«No fue pintada para recordar a María.»
«Fue pintada para recordar a quien vendría después.»
«Ella ya ha estado aquí.»
«Tú también.»
Valcárcel permaneció varios minutos mirando aquellas palabras antes de volver a contemplar el retrato. La mujer seguía sentada junto a la ventana, pero ahora tenía algo entre las manos. Era una fotografía pequeña, parcialmente cubierta por los dedos. Valcárcel se acercó hasta distinguir una habitación, una pared, una puerta y una figura de pie frente a ella. Reconoció aquella habitación inmediatamente, ¡¡era la de la Noche 6!! La habitación que no existía. La mujer volvió a dejar la fotografía sobre su regazo y Valcárcel comprendió entonces que no estaba mirando simplemente una pintura. Estaba mirando una escena que parecía estar ocurriendo en otro momento, en algún lugar al que todavía no sabía cómo llegar. Antes de abandonar la casa parroquial aquella noche, Valcárcel tomó una segunda fotografía del cuadro completo. La placa fue revelada poco después de medianoche y mostraba el retrato con absoluta claridad: la mujer estaba sentada junto a la ventana, el pasillo podía verse al fondo, las siete puertas estaban allí y el símbolo triangular aparecía en la séptima. Sin embargo, en el cristal de la ventana había aparecido nuevamente un reflejo. Era Valcárcel, pero esta vez no estaba de espaldas. Estaba mirando directamente hacia la cámara y junto a él aparecía una mujer, Elena. Ambos parecían encontrarse en una habitación distinta. Al fondo, detrás de ellos, podía verse una puerta y sobre ella había una inscripción, 31.
Valcárcel escribió una última anotación antes de guardar la fotografía: «Hasta ahora pensaba que las imágenes nos estaban mostrando lugares que la presencia podía utilizar.» Debajo añadió: «Quizá sea al revés.» Después escribió una tercera frase: «Quizá sea la presencia la que utiliza las imágenes para recordarnos dónde quiere que estemos.» La última línea del expediente está escrita con una tinta diferente y no parece haber sido añadida por Valcárcel. Solo contiene seis palabras:
«La mujer del retrato ya te conoce.»
Debajo aparece el símbolo triangular. Y, por primera vez, el número 31 está escrito dentro de un círculo.
🔎 PISTAS DE LA NOCHE 9
María Santacruz, fallecida en 1889, aparece en un cuadro fechado en 1897.
El retrato contiene la fecha 17 · 10 · 1926.
Las 23:17 vuelven a aparecer, pero esta vez asociadas al propio cuadro.
La mujer cambia la posición de sus manos.
El retrato muestra una puerta que no existe en la habitación real.
La séptima puerta vuelve a aparecer.
Elena aparece reflejada en una fotografía del cuadro.
La habitación de la pintura coincide con la de la Noche 6.
El número 31 aparece por primera vez dentro de un círculo.
Alguien afirma que la mujer del retrato ya conoce al lector.
🕯️ Archivo de Esteban Valcárcel · Expediente 009 · Octubre de 1926
La pregunta de esta noche no es quién es la mujer del retrato. es otra:
¿Quién está mirando a quién?

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