El quinto expediente era mucho más delgado que los anteriores. No contenía informes policiales ni declaraciones de varios testigos, tampoco había en su interior una colección de fotografías como en el caso del domingo. Solo tres hojas mecanografiadas, una pequeña fotografía en blanco y negro y un sobre de papel marrón cuyo interior conservaba todavía una fina capa de polvo gris. En la primera página, Esteban Valcárcel había escrito a mano una frase que ocupaba casi todo el margen superior: «No fue escrito con tinta.» Debajo, con una letra mucho más pequeña y aparentemente añadida varios días después, había otra anotación: «Y no estaba allí cuando llegué.» No había ninguna explicación sobre aquellas palabras, pero la fotografía que acompañaba al expediente mostraba una casa de piedra situada al final de un camino embarrado, con las ventanas oscuras y una fachada cubierta parcialmente por la hiedra. En la parte posterior de la imagen podía leerse una fecha: 17 de octubre de 1926.
La casa se encontraba en las afueras de un pequeño pueblo de Guadalajara y llevaba varios años deshabitada cuando Valcárcel recibió una carta de un maestro llamado Tomás Aranda. Según explicaba en ella, durante tres noches consecutivas había pasado frente al edificio camino de la estación y había visto algo extraño en una de las ventanas del piso superior. La primera noche creyó que se trataba de una inscripción antigua que siempre había estado allí y a la que nunca había prestado atención. La segunda distinguió algunas letras sobre el cristal, aunque la distancia no le permitió saber qué decían. La tercera decidió acercarse y entonces comprendió que aquello no podía ser una inscripción antigua, porque la palabra había aparecido sobre el cristal durante la noche y estaba escrita con humedad, como si alguien hubiera utilizado un dedo para dibujarla desde el interior. Era su propio nombre.
Valcárcel llegó a la casa poco antes del anochecer. La construcción estaba rodeada de árboles secos y maleza, y el camino que conducía hasta ella mostraba pocas huellas recientes. No encontró señales de que nadie hubiera entrado allí en mucho tiempo, pero cuando levantó la mirada hacia el piso superior comprendió inmediatamente por qué Aranda había decidido escribirle. En una de las ventanas había varias letras dibujadas sobre el cristal. Desde el camino solo podían distinguirse cuatro: E / S / T / E. Valcárcel se acercó hasta la fachada y descubrió que después de aquellas letras había una quinta, parcialmente borrada, que parecía una B. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió cuidadosamente el cristal desde el exterior. Las primeras letras desaparecieron con facilidad, pero debajo de ellas apareció otra inscripción que no había podido distinguir antes. Esta vez no estaba formada por humedad ni podía borrarse con el pañuelo. Parecía encontrarse dentro del propio cristal, era su apellido...VALCÁRCEL
Durante varios segundos permaneció frente a la ventana sin tocarla. Después anotó en su libreta que la primera inscripción podía haber sido realizada desde el interior utilizando la condensación, pero que no encontraba explicación para la segunda. No había arañazos, pintura, polvo acumulado ni ninguna marca que indicara que alguien hubiese escrito aquellas letras sobre la superficie. El nombre parecía formar parte del cristal.
La puerta principal cedió después de varios intentos y Valcárcel entró en la casa. El interior estaba mucho más frío de lo que esperaba y el aire tenía ese olor húmedo de los edificios que permanecen cerrados durante años. Encontró algunos muebles cubiertos con sábanas, libros deteriorados y fotografías familiares que habían quedado abandonadas sobre una cómoda, pero nada indicaba que alguien utilizara aquella vivienda. En la planta superior había cuatro dormitorios y una pequeña habitación que probablemente había servido como despacho. La última de las habitaciones estaba cerrada con llave y, sobre una mesa situada frente a la puerta, encontró un pequeño reloj de bolsillo cubierto de polvo. Lo abrió pensando que estaría detenido por el paso del tiempo, pero las agujas no marcaban una hora cualquiera. Estaban detenidas exactamente a las 23:17.
Valcárcel comparó el reloj con el suyo, lo cerró y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Todavía no había decidido qué significaba aquella coincidencia cuando escuchó un sonido procedente de la ventana. No era un golpe ni un crujido de la madera. Era un roce lento, parecido al sonido de un dedo deslizándose sobre un cristal empañado. Se volvió hacia la ventana y vio cómo una primera letra comenzaba a dibujarse sobre la superficie desde el otro lado. Después apareció otra y otra más. Valcárcel se acercó lentamente mientras las letras continuaban formándose sobre el cristal, separadas por pequeños intervalos, como si quien las estuviera escribiendo necesitara tiempo para recordar el orden correcto: E / S / T / E / B / A / N. Su nombre había quedado escrito delante de él, no había nadie al otro lado de la ventana, Valcárcel permaneció inmóvil, observando las letras, hasta que algo en el reflejo del cristal llamó su atención. Detrás de él, junto a la puerta de la habitación, podía verse una figura alta y oscura. Estaba completamente quieta y parecía observarlo desde el fondo del pasillo. Valcárcel se volvió inmediatamente, pero allí no había nadie. Solo la puerta cerrada y la oscuridad de las habitaciones. Volvió a mirar el cristal, la figura continuaba allí, esta vez levantó lentamente una mano y señaló hacia la puerta que permanecía cerrada. Valcárcel sacó su libreta y escribió que aquella era la primera vez que encontraba una manifestación que parecía depender de una superficie reflectante. Primero había aparecido en una fotografía, después en un espejo y ahora en un cristal. La figura no se mostraba directamente ante él, sino a través de aquello que podía devolver una imagen. Debajo de aquella observación añadió una pregunta que dejaría sin responder: «¿Qué ocurre si encuentra una superficie que pueda abrir?»
Fue entonces cuando el reloj de bolsillo comenzó a vibrar dentro de su chaqueta. Lo sacó y comprobó que las agujas seguían detenidas a las 23:17, pero el cristal del reloj estaba empañado por dentro. La humedad se extendió lentamente por la pequeña esfera hasta formar una palabra. Primero apareció una línea, después otra, hasta que las letras quedaron claramente dibujadas sobre el vidrio:
ABRE
Valcárcel dejó el reloj sobre la mesa. Casi al mismo tiempo escuchó tres golpes detrás de la puerta cerrada. No fueron golpes fuertes. Sonaron como si alguien hubiese llamado desde el interior utilizando los nudillos, TOC, TOC, TOC...
Valcárcel miró la puerta y sintió que aquella escena le resultaba demasiado familiar. Recordó la habitación de la pensión, los golpes procedentes del interior de una pared y la advertencia que había encontrado entonces. No responder. No abrir. No preguntar quién estaba al otro lado. Pero en aquella ocasión había algo diferente. Los golpes no procedían de una pared imposible. Procedían de una habitación que, según todos los indicios, llevaba décadas cerrada. Se acercó lentamente y apoyó una mano sobre la madera, desde el otro lado llegó una voz:
—Esteban, abre.
Valcárcel retiró la mano, conocía aquella voz, era la de Tomás Aranda, durante unos segundos permaneció en silencio, tratando de encontrar una explicación razonable. Aranda estaba muy lejos de allí y no sabía que Valcárcel se encontraba en la casa. Aun así, la voz volvió a escucharse con una claridad imposible.
—Esteban, soy yo.
Valcárcel retrocedió unos pasos, entonces llegó una tercera frase, esta vez la voz no pertenecía a Aranda, era su propia voz la que escuchaba...
—Esteban, abre la puerta.
El investigador no respondió. Permaneció frente a la habitación mientras escuchaba unos pasos lentos al otro lado de la madera. Los pasos se alejaron hacia el fondo de la estancia y durante unos segundos todo volvió a quedar en silencio. Valcárcel pensó que aquello había terminado, pero entonces escuchó una respiración procedente de la ventana, se volvió, sobre el cristal había aparecido una nueva inscripción, pero esta vez no era su nombre, era una fecha:
17 · 10 · 1926.
Debajo comenzó a formarse lentamente el mismo símbolo triangular que había encontrado en los expedientes anteriores. Primero apareció la línea exterior, después el círculo central y finalmente el pequeño punto que parecía representar un ojo. Valcárcel lo observó sin tocar el cristal. Aquella era la cuarta vez que encontraba aquel símbolo en circunstancias que no podían considerarse casuales. La casa, el tren, la pensión, la fotografía del domingo y ahora en aquel cristal. Sacó del sobre marrón la pequeña fotografía que acompañaba al expediente y la colocó junto a la ventana. Era una imagen antigua de aquella misma casa, tomada aparentemente en 1926. La fachada apenas había cambiado, aunque la fotografía mostraba algo que no aparecía en la imagen actual: una figura humana situada en la ventana del piso superior. Valcárcel acercó la lámpara para observarla mejor, la persona parecía estar mirando directamente hacia la cámara, en la parte posterior de la fotografía había una inscripción escrita a mano:
«No escribas su nombre.»
Debajo aparecía otra frase, trazada con una tinta diferente:
«Porque cuando sabe cómo te llamas, ya puede llamarte desde el otro lado.»
Valcárcel volvió a mirar la ventana, el cristal estaba limpio, durante unos segundos no ocurrió nada. Entonces una nueva palabra comenzó a aparecer delante de él, lentamente, como si una mano invisible estuviera trazando cada letra desde el interior del vidrio:
ESTEBAN
Debajo apareció una segunda inscripción, esta vez no era una palabra, era un número:
31
Valcárcel cerró la libreta. No intentó abrir la puerta, no respondió a la voz y tampoco volvió a acercarse a la ventana. Permaneció en la casa hasta que comenzó a amanecer y, cuando la primera luz entró por las ventanas del piso superior, salió del edificio sin volver la vista atrás. Durante el camino de regreso revisó varias veces la fotografía de 1926 y el reloj que había encontrado sobre la mesa. Ambos objetos parecían normales. Solo había una diferencia: cuando llegó al pueblo y subió al tren, descubrió que alguien había escrito su nombre en el cristal de una de las ventanas:
ESTEBAN
Debajo había aparecido una última frase:
«TE ENCONTRÉ.»
Valcárcel anotó aquellas palabras en la última página del expediente y añadió una observación que, años después, sería encontrada junto a los documentos de las cuatro investigaciones anteriores:
«Hasta ahora pensaba que la presencia estaba intentando entrar. Quizá el problema sea que ya ha encontrado la forma de salir.»
PISTAS DE LA NOCHE 5
• El nombre: la presencia ya conoce a Esteban Valcárcel y parece utilizar su nombre para establecer contacto.
• El cristal: por primera vez, la manifestación aparece directamente sobre una superficie transparente, además de mostrarse a través de su reflejo.
• Las 23:17: el reloj encontrado en la casa vuelve a detenerse en la misma hora.
• El símbolo: aparece nuevamente junto a la fecha del 17 de octubre de 1926.
• Los tres golpes: la investigación vuelve a conectar con los acontecimientos de la Noche 3.
• El número 31: aparece por primera vez dentro de una manifestación directa.
• Las voces: la presencia puede reproducir voces conocidas y, finalmente, incluso la del propio Valcárcel.
• La advertencia: «No escribas su nombre.»
Y queda una pregunta:
Si la presencia necesita conocer un nombre para poder llamar desde el otro lado, ¿quién le enseñó el nombre de Esteban Valcárcel?
Archivo de Esteban Valcárcel · Expediente 005 · Octubre de 1926

2 comentarios:
Me voy a tener que apuntar todo para ver si saco algo en claro
¡Hazlo, hazlo! De hecho, creo que a estas alturas un cuaderno de investigación empieza a ser casi imprescindible. 👁️
Apunta las fechas, las horas, los símbolos, las fotografías, las voces, los números… y, sobre todo, cada vez que aparezca algo que ya hayas visto antes. 😉
Porque algunas pistas parecen pequeñas cuando aparecen por primera vez, pero quizá cobren otro significado más adelante.
Y una cosa te digo: si consigues descubrir el patrón antes de la Noche 31, tendrás que contármelo. 🕯️ Un abrazo y muchísimas gracias por sumergirte de lleno en estas "31 noches de sombras" con nosotros!
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