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martes, 20 de octubre de 2026

🕯️ NOCHE 20 · DIARIO DE UN VIGILANTE NOCTURNO

 


Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.

Documento recuperado: cuaderno personal de un vigilante nocturno.
Autor: Mateo Salcedo.
Lugar: antiguo depósito municipal de documentos, edificio de San Jerónimo.
Periodo registrado: del 3 al 18 de noviembre de 1908.

La primera página del cuaderno contenía una anotación que parecía escrita por un hombre metódico, acostumbrado a registrar cualquier incidencia por insignificante que fuera. Mateo Salcedo, vigilante nocturno del antiguo depósito municipal de San Jerónimo, explicaba que su trabajo consistía en recorrer las dependencias cada hora, comprobar las cerraduras y anotar cualquier ruido, movimiento o anomalía que pudiera comprometer la seguridad del edificio. El depósito almacenaba legajos judiciales, registros parroquiales, planos antiguos y documentación que ya no tenía espacio en las oficinas municipales. Era una construcción de tres plantas, con un patio interior, dos escaleras y un sótano donde se guardaban los expedientes más antiguos. Según el plano oficial, disponía de treinta habitaciones y una pequeña sala de calderas. Mateo había recibido las llaves, una lámpara de aceite, un reloj de bolsillo y una instrucción muy concreta: si durante la ronda encontraba una puerta abierta que estuviera cerrada al comenzar el turno, debía anotarlo, cerrarla y continuar con su trabajo. Nadie le advirtió de que algunas puertas podían aparecer donde no existían paredes. Valcárcel encontró el cuaderno dentro de una caja de cartón que había recibido junto a varios documentos sin clasificar. En la tapa, una mano desconocida había escrito: «No archivar con los expedientes de personal». El nombre de Mateo Salcedo no aparecía en los registros municipales posteriores a 1908, y las consultas realizadas por el investigador indicaban que el depósito había sido clausurado después de un incidente del que apenas quedaban referencias. Una nota administrativa hablaba de daños estructurales, pérdida de documentación y desaparición de material inventariado. No mencionaba al vigilante ni explicaba por qué su cuaderno había terminado entre los documentos que debían conservarse. Valcárcel decidió leerlo en orden, convencido de que encontraría una explicación razonable. Sin embargo, antes de llegar a la tercera página, descubrió una anotación fechada el 14 de noviembre de 1908 que describía una llamada telefónica recibida a las 03:06. La entrada terminaba con una frase subrayada dos veces: «La voz del otro lado conoce el recorrido que todavía no he hecho».

3 de noviembre de 1908. Primer turno.

He comenzado el servicio a las diez de la noche. El encargado me ha mostrado las dependencias y me ha explicado el funcionamiento de las cerraduras. El edificio está en buenas condiciones, aunque algunas habitaciones del ala norte permanecen cerradas por falta de uso. He recorrido las tres plantas y el sótano sin encontrar nada digno de mención. El reloj del vestíbulo adelanta unos cuatro minutos, por lo que utilizaré mi reloj de bolsillo para registrar las rondas. A las once he oído un golpe en el piso superior, pero al subir he comprobado que procedía de una ventana mal asegurada. La he cerrado y he anotado la incidencia. A las doce y cuarto he terminado la segunda ronda. Todo permanece en orden.

4 de noviembre de 1908. Segundo turno.

A las 23:40 he encontrado una puerta abierta al final del pasillo norte. No recuerdo haberla visto durante la primera ronda, aunque el cansancio puede hacer que uno pase por alto detalles. La habitación estaba vacía, con una mesa, dos sillas y una estantería sin libros. He comprobado el plano del edificio y no he encontrado ninguna dependencia en esa posición. La puerta se encontraba entre el archivo de registros parroquiales y el muro exterior, donde debería haber una ventana. He cerrado la habitación y he continuado la ronda. Al regresar veinte minutos después, la pared estaba en su sitio y no había rastro de la puerta. Mañana informaré al encargado. No creo que exista motivo para alarmarse. Valcárcel dejó de leer y extendió sobre la mesa el plano del depósito que acompañaba al cuaderno. El ala norte terminaba en un muro de piedra, tal como había descrito Mateo. No había habitaciones ocultas ni pasillos secundarios. Sin embargo, en el margen del plano aparecía una corrección hecha con tinta roja: una pequeña puerta dibujada entre dos dependencias, junto a una cifra que parecía un doce. La anotación no figuraba en la copia oficial y no estaba firmada. El investigador comparó la tinta con la utilizada en otros documentos del archivo. No consiguió identificarla, pero el símbolo triangular que alguien había dibujado junto a la puerta le resultó inconfundible. Lo había visto en la fotografía de la procesión, en el libro de cuentas de la venta y en la caja que había aparecido junto al pozo de Valdemora. Guardó el plano y continuó leyendo.

5 de noviembre de 1908. Tercer turno.

El encargado ha escuchado mi explicación y me ha recomendado descansar más durante el día. Según él, el edificio tiene treinta habitaciones y no existe ninguna puerta en el lugar que describí. He vuelto a revisar el plano y he comprobado las paredes del pasillo. No hay grietas ni señales de reformas recientes. Durante la ronda de las doce he encontrado una llave sobre el suelo, junto a la escalera del sótano. Es una llave de latón, pequeña, con el número doce grabado en el extremo. No pertenece al llavero que me entregaron al comenzar el servicio. La he guardado en el cajón de la garita para devolverla mañana. Al cerrar el cajón, he oído un ruido en su interior, parecido al de una llave girando en una cerradura.

6 de noviembre de 1908. Cuarto turno.

La llave ha desaparecido. El cajón estaba cerrado y no he encontrado señales de que alguien lo haya forzado. He preguntado al encargado si existe alguna habitación número doce en las dependencias antiguas. Me ha respondido que no, aunque después ha guardado silencio durante unos segundos y me ha preguntado dónde encontré la llave. Cuando se lo he explicado, me ha ordenado que no vuelva a mencionarla. No parecía enfadado, sino asustado. Esta noche he recorrido el ala norte acompañado por el conserje. Hemos contado las puertas, comprobado las ventanas y examinado la pared donde apareció la habitación. Todo estaba en su sitio. Sin embargo, al terminar la ronda, el conserje me ha pedido que no vuelva a hacer el recorrido solo. No ha querido explicar por qué.

7 de noviembre de 1908. Quinto turno.

A las 02:15 he oído pasos en el piso superior. Eran lentos y regulares, como los de alguien que camina sin prisa por un pasillo largo. He subido con la lámpara y he recorrido las dependencias, pero no he encontrado a nadie. Al regresar a la garita he descubierto barro en el suelo, desde la escalera hasta la mesa donde guardo el registro. Las huellas eran pequeñas, como las de un niño, y terminaban frente al cajón donde había guardado la llave. No había marcas que indicaran por dónde había llegado aquella persona ni cómo había abandonado la habitación. He limpiado el barro y he anotado el incidente. Al revisar el registro, he encontrado una frase escrita al final de la página: «Todavía no has abierto la puerta correcta». No recuerdo haberla escrito. El vigilante había comenzado a utilizar una letra más apretada y las frases mostraban correcciones, palabras tachadas y espacios en blanco donde parecía haber intentado continuar sin conseguirlo. Valcárcel observó que, a partir de aquella fecha, Mateo dejó de describir sus rondas con precisión. Las horas eran cada vez más irregulares y algunas anotaciones aparecían en los márgenes, como si el autor hubiera escrito a toda prisa para no olvidar lo ocurrido. En una de las páginas había dibujado un pasillo con doce puertas. La última estaba abierta y, al otro lado, se distinguía una ventana iluminada. Debajo aparecía la hora 23:17. Valcárcel reconoció la luz amarilla de la Venta de la Estrella y sintió que la habitación imposible del depósito no era una anomalía aislada, sino otra manifestación del mismo lugar que parecía desplazarse de un edificio a otro.

8 de noviembre de 1908. Sexto turno.

He solicitado que me releven del servicio, pero el encargado asegura que no hay otro vigilante disponible hasta final de mes. He decidido continuar y evitar el ala norte siempre que sea posible. Esta noche he encontrado una puerta abierta en el sótano. No conduce a ninguna habitación que conozca. Detrás hay una escalera que desciende más allá del nivel del edificio, aunque el plano indica que los cimientos terminan a pocos metros de la caldera. He iluminado los primeros peldaños y he escuchado una voz que preguntaba si había llegado alguien. No he respondido. La puerta se ha cerrado lentamente, sin que yo la tocara. Cuando he vuelto a la garita, el reloj marcaba las 23:17, aunque mi reloj de bolsillo indicaba las 02:48. No sé cuál de los dos funciona correctamente.

9 de noviembre de 1908. Séptimo turno.

He intentado explicar lo ocurrido al encargado. Me ha escuchado con la cabeza baja y después me ha preguntado si he oído alguna voz que utilizara mi nombre. Le he dicho que no, porque no quiero que me retire del servicio por considerarme incapaz de trabajar. Entonces ha sacado de un cajón una hoja antigua y me ha mostrado un dibujo de una puerta con el número doce. La tinta estaba casi borrada, pero debajo se leía una frase: «No abrir cuando llamen desde dentro». Le he preguntado quién había escrito aquello. El encargado ha guardado la hoja y me ha dicho que el depósito ya tuvo un vigilante antes que yo, un hombre llamado Andrés Belmonte. Desapareció en 1897 durante un turno nocturno. La última anotación de su registro decía que había encontrado una habitación donde alguien lo estaba esperando. El encargado me ha pedido que termine el mes y que no vuelva a investigar el asunto.

10 de noviembre de 1908. Octavo turno.

Esta noche he oído tres golpes en la puerta de la garita. Al abrir, no había nadie en el pasillo. Sobre el suelo he encontrado una fotografía antigua de un hombre que no reconozco. En el reverso aparece escrito el nombre de Andrés Belmonte y una fecha: 31 de octubre de 1897. He guardado la fotografía en el registro. A las 03:06 ha sonado el teléfono de la garita, aunque la línea lleva desconectada desde que comenzaron las obras de reparación. No he contestado. El timbre ha continuado durante casi un minuto. Cuando ha cesado, he escuchado una voz a través del auricular, que estaba apoyado sobre la mesa: «Mateo, todavía no es tu turno». Después, alguien ha pronunciado mi nombre desde el pasillo. Era mi propia voz. Valcárcel dejó el cuaderno sobre la mesa. La coincidencia con la llamada del expediente 004 era demasiado precisa para ignorarla. En la primera carpeta, la voz había advertido a Valcárcel que no contestara y había descrito una habitación con una puerta marcada con el número doce. Ahora, casi dos décadas antes de los sucesos que el investigador estaba documentando, otro hombre había recibido una llamada desde una línea desconectada y había escuchado su propia voz al otro lado. Valcárcel revisó la fotografía de Andrés Belmonte. El rostro del vigilante era visible, aunque estaba parcialmente cubierto por una mancha. En el fondo aparecía un reloj de pared detenido a las 23:17 y, junto a la puerta, una figura que parecía mirar directamente hacia la cámara. El investigador acercó la lámpara. La figura no tenía rasgos definidos.

11 de noviembre de 1908. Noveno turno.

He decidido abandonar el depósito al amanecer. No puedo seguir trabajando aquí. El encargado no ha venido esta mañana y nadie responde en las oficinas. He preparado mis cosas y he dejado las llaves sobre la mesa. Sin embargo, cuando he intentado salir por la puerta principal, he descubierto que el vestíbulo no conduce a la calle. Al otro lado hay un pasillo que no reconozco, iluminado por lámparas de aceite. He vuelto sobre mis pasos y he probado la salida del patio, pero he encontrado la misma habitación vacía que apareció la primera noche. La mesa sigue en el centro y las dos sillas están colocadas una frente a la otra. En una de ellas hay alguien sentado. No puedo verle la cara porque mantiene la cabeza inclinada, pero lleva mi uniforme. He cerrado la puerta y he regresado a la garita. No sé si el edificio ha cambiado o si soy yo quien ha dejado de encontrar las salidas.

12 de noviembre de 1908. Décimo turno.

He encontrado una nota debajo de la puerta de la garita. Está escrita con mi letra, aunque no recuerdo haberla redactado. Dice: «Cuando el edificio termine de contar, abrirá la última puerta». Debajo aparecen veinte marcas verticales, agrupadas en cuatro filas. La última está atravesada por una línea horizontal. He contado las marcas varias veces y siempre obtengo el mismo resultado. Veinte. No sé si representan los días que llevo trabajando aquí, las habitaciones que he visto o algo que todavía no comprendo. Esta noche he recorrido el edificio y he encontrado una nueva puerta al final del pasillo norte. No tiene número, pero desde el otro lado llega el sonido de alguien escribiendo en un cuaderno. He apoyado la mano sobre la madera y he oído mi voz, muy cerca, pronunciando una frase que no recuerdo haber dicho: «Si estás leyendo esto, significa que ya has empezado». Valcárcel notó que las últimas páginas del cuaderno estaban húmedas. No era una humedad uniforme, sino una serie de pequeñas manchas circulares que atravesaban el papel como gotas de agua caídas desde el techo. En la página correspondiente al 12 de noviembre, la tinta se había extendido alrededor de las veinte marcas. Al contar las hojas, descubrió que faltaba una. El borde arrancado era reciente y en el margen de la página anterior había una anotación apenas legible: «La noche veinte no es la última. Es la que permite abrir la siguiente». Valcárcel escribió la frase en su propio cuaderno, pero al levantar la pluma descubrió que la había copiado sin darse cuenta dos veces, con una letra distinta en la segunda ocasión.

13 de noviembre de 1908. Undécimo turno.

Hoy he conseguido hablar con el encargado. Le he dicho que no volveré a entrar en el depósito después de esta semana. Me ha pedido que aguante dos noches más y que, si escucho una llamada, no conteste bajo ninguna circunstancia. Cuando le he preguntado por qué, ha respondido que el depósito no guarda solamente documentos. También conserva cosas que nadie ha conseguido destruir. Le he pedido que me explique qué significa eso, pero se ha marchado sin responder. Esta noche he encontrado una carpeta sobre la mesa de la garita. En la cubierta aparece mi nombre completo y una fecha futura: 18 de noviembre de 1908. Dentro hay una hoja en blanco. He decidido no abrirla de nuevo.

14 de noviembre de 1908. Duodécimo turno.

La llamada ha llegado a las 03:06. No he tocado el teléfono, pero el auricular se ha levantado solo y una voz me ha preguntado si sigo de servicio. He permanecido en silencio. La voz ha repetido la pregunta y después ha dicho que faltan diecisiete días para que alguien llegue al depósito buscando una carpeta que todavía no existe. Le he preguntado quién era. La voz ha respondido que no debía preocuparme por su nombre, porque ya lo había escuchado antes. Después ha descrito la habitación vacía, la mesa, las dos sillas y la puerta del número doce. Me ha dicho que, cuando llegue el investigador, no debo permitir que abra la carpeta del día treinta y uno. He preguntado quién es ese investigador. La voz ha tardado unos segundos en responder: «Se llama Esteban Valcárcel». He dejado caer el auricular. La llamada ha continuado, aunque el teléfono estaba en el suelo. La voz ha pronunciado mi nombre y después ha dicho algo que no consigo olvidar: «Mateo, tú no estás vigilando el depósito. El depósito te está vigilando a ti».

15 de noviembre de 1908. Decimotercer turno.

No he dormido. He permanecido sentado en la garita, con todas las luces encendidas, esperando que llegara el amanecer. A las cinco he oído pasos en el pasillo. Al mirar por la puerta, he visto a un hombre que llevaba una carpeta bajo el brazo. Vestía una chaqueta oscura y caminaba con la cabeza inclinada, como si estuviera leyendo mientras avanzaba. No he conseguido verle la cara. Ha pasado frente a la garita y se ha detenido ante la puerta del número doce. Ha sacado una llave de latón, ha abierto la puerta y ha entrado. Antes de cerrar, se ha vuelto hacia mí. Entonces he reconocido mi propio rostro. No he vuelto a salir de la garita. He oído al hombre caminar durante varios minutos y después he escuchado una puerta cerrarse. Cuando me he atrevido a mirar, el pasillo estaba vacío. En el suelo había una hoja arrancada de mi cuaderno. Solo contenía una frase: «Todavía no has llegado a tu turno».

16 de noviembre de 1908. Decimocuarto turno.

He decidido escribir todo lo ocurrido para que, si alguien encuentra este cuaderno, sepa que no he perdido la razón por completo. El edificio cambia de forma durante la noche. Las puertas aparecen y desaparecen. Las llamadas llegan desde líneas desconectadas y las voces conocen cosas que todavía no han sucedido. He intentado abandonar el depósito, pero cada salida conduce a un pasillo distinto. He probado a romper las ventanas, pero detrás de los cristales solo hay oscuridad. A las 23:17 he oído una campana, aunque no existe ninguna en el edificio. Después, todas las puertas se han abierto al mismo tiempo. Desde el fondo del pasillo he visto una luz amarilla y, detrás de ella, una figura que parecía esperar a que yo me acercara. No lo he hecho. He cerrado los ojos y he contado hasta treinta y uno. Cuando he vuelto a mirar, el pasillo estaba vacío. Sobre la mesa de la garita había una llave de latón con el número doce y una nota escrita con mi letra: «La próxima noche tendrás que elegir quién sale».

17 de noviembre de 1908. Decimoquinto turno.

He encontrado al encargado sentado en la habitación vacía. No sé cómo ha llegado hasta allí. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa y miraba fijamente la puerta. Le he preguntado qué hacía en aquella habitación, pero no ha respondido. Cuando me he acercado, he visto que sostenía una fotografía. En ella aparecemos los dos, sentados en la garita, aunque la imagen parece tomada desde el pasillo. Detrás de nosotros hay una tercera persona, de pie junto a la puerta. El encargado me ha dicho que esa fotografía fue tomada en 1897, durante el turno en que desapareció Andrés Belmonte. He intentado explicarle que no puedo aparecer en una imagen de once años antes de comenzar a trabajar en el depósito. Él ha negado con la cabeza.

«Usted no empezó a trabajar aquí hace quince días, Mateo. Lleva esperando desde que el primer vigilante desapareció».

Le he preguntado qué significa eso. El encargado ha levantado la mirada y, por primera vez, he visto su rostro con claridad. Era idéntico al mío...

18 de noviembre de 1908. Último registro.

No sé qué día es. El reloj del vestíbulo está detenido y mi reloj de bolsillo ha dejado de funcionar. He encontrado la puerta principal abierta, pero al otro lado no está la calle. Hay una habitación iluminada por una lámpara de aceite y, en el centro, una mesa con un cuaderno abierto. He reconocido la letra de estas páginas. Al acercarme, he descubierto que el cuaderno contiene todo lo que he escrito durante las últimas dos semanas, incluida esta anotación, que todavía no había terminado. Al final hay una página en blanco. Sobre la mesa descansa una pluma y, junto a ella, una llave de latón con el número doce. He comprendido que alguien espera que escriba algo en esa página. No sé si debo dejar constancia de lo ocurrido o si, al hacerlo, terminaré de abrir la puerta. He escuchado tres golpes al otro lado de la habitación. Después, una voz ha pronunciado mi nombre. No era la voz del encargado ni la mía. Era la de un hombre que parecía hablar desde muy lejos.

«Mateo, ya puedes marcharte».

He mirado hacia la puerta. Por primera vez, he visto la calle al otro lado. Había amanecido. He recogido la llave, he cerrado el cuaderno y he salido sin mirar atrás. No sé si he conseguido abandonar el depósito o si simplemente he entrado en otra habitación. Pero antes de cerrar la puerta he visto una figura al fondo del pasillo. Llevaba una carpeta bajo el brazo y caminaba hacia mí, tenía el rostro de Esteban Valcárcel...

Fin del diario.

Valcárcel permaneció inmóvil durante varios minutos después de terminar la lectura. La fecha del último registro no coincidía con ninguna desaparición documentada, y el nombre del investigador aparecía en un diario redactado dieciocho años antes de que él comenzara a investigar los sucesos de la Casa de las Ánimas. Sin embargo, había algo todavía más inquietante: la última página no parecía haber sido escrita en 1908. La tinta conservaba un brillo húmedo y las fibras del papel estaban intactas, como si alguien hubiera terminado de redactarla esa misma noche. Valcárcel buscó la carpeta del día treinta y uno entre los documentos que había recibido. No estaba allí. Revisó los armarios, los cajones y las cajas apiladas junto a la pared. No encontró nada que correspondiera a aquella descripción. Finalmente, volvió al cuaderno y examinó la encuadernación. En el interior de la cubierta descubrió una pequeña inscripción grabada con un objeto afilado: «Si el vigilante sale, alguien debe quedarse». Debajo aparecía el símbolo triangular y el número 20, el investigador guardó el cuaderno dentro de una caja y cerró la tapa. Antes de marcharse, anotó una última observación: el diario de Mateo Salcedo no demostraba que el depósito hubiera cambiado de forma ni que las voces procedieran de una presencia desconocida. Pero sí mostraba un patrón que se repetía en los expedientes anteriores: una habitación imposible, una voz que conocía el futuro, una puerta marcada con el número doce y una persona obligada a decidir quién podía salir. Al llegar a su alojamiento, encontró el teléfono desconectado sobre la mesa. Junto al aparato había una hoja de papel con una frase escrita a mano:

«El vigilante ya ha terminado su turno. Ahora te toca a ti».

Valcárcel no contestó a la advertencia. Guardó la hoja, apagó la lámpara y se quedó sentado en la oscuridad hasta que amaneció. No sabía quién había dejado aquel mensaje ni cómo había entrado en la habitación. Solo sabía que, por primera vez desde el comienzo de la investigación, no estaba seguro de querer descubrir qué había detrás de la siguiente puerta...

Fin de la Noche 20.

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