Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
Clasificación: Reservado.
Procedencia: Archivo particular de Esteban Valcárcel.
Estado del expediente: Inconcluso.
La carpeta apareció en el fondo de un armario que Esteban Valcárcel llevaba semanas intentando vaciar. Estaba encajada detrás de varios libros de contabilidad y envuelta en una tela gris, atada con un cordel que se deshizo al tocarlo. En la cubierta, escrita con tinta negra, figuraba una anotación que no pertenecía a ninguno de los documentos anteriores: «Expediente 004. No contestar después de las tres». Debajo, alguien había añadido una hora con lápiz rojo: 03:06. Valcárcel abrió la carpeta esperando encontrar una declaración o un informe policial, pero solo había una hoja mecanografiada, una fotografía de una central telefónica y una lista de nombres acompañados por fechas. Todos los nombres estaban tachados, salvo uno: Esteban Valcárcel. Junto a él aparecía una fecha futura, 31 de octubre de 1926, y una anotación que le heló la sangre: «Último interlocutor». El investigador comprobó el calendario de su escritorio. Faltaban trece días para aquella fecha. La hoja mecanografiada describía una llamada recibida en una pequeña central de comunicaciones de la provincia durante la madrugada del 4 de noviembre de 1904. Según el documento, la operadora de guardia había escuchado una voz masculina que solicitaba conexión con una vivienda de la calle del Olmo. El problema era que la línea indicada llevaba desconectada desde hacía siete años, después de que un incendio destruyera el inmueble y provocara la muerte de sus tres ocupantes. La operadora, convencida de que se trataba de una broma, pidió al interlocutor que se identificara. La voz respondió con una frase que no figuraba en el registro oficial de la incidencia: «No me queda mucho tiempo. Dígale que esta vez no abra la puerta». La comunicación terminó a las 03:06. Cuando la operadora revisó el cuadro de conexiones, descubrió que el cable correspondiente a aquella línea no estaba conectado a ningún circuito. Pese a ello, el auricular seguía caliente.
Valcárcel buscó información sobre la central y encontró una noticia breve en un periódico de la época. El incidente se había atribuido a una avería eléctrica y no se mencionaba ninguna voz ni ninguna vivienda incendiada. Sin embargo, la fotografía incluida en el expediente mostraba a una mujer sentada frente a un cuadro de clavijas, con una libreta abierta y un reloj de pared detrás. La imagen estaba fechada en noviembre de 1904. En el reverso aparecía el nombre de la operadora: Adela Muñoz. Valcárcel localizó su declaración entre los documentos y descubrió que la mujer había abandonado su puesto tres días después de la llamada. No volvió a trabajar en ninguna central telefónica y se trasladó a otra provincia, donde vivió hasta su muerte. En su última declaración, escrita muchos años más tarde, afirmaba que la voz no había sonado como la de un hombre que pidiera ayuda. Había hablado con la serenidad de alguien que estaba leyendo un texto conocido de memoria. Lo que más la aterrorizó no fue la frase sobre la puerta, sino el hecho de que, al terminar la comunicación, escuchó tres golpes en la puerta de la propia central. El investigador pasó el resto del día revisando los nombres de la lista. Algunos correspondían a personas desaparecidas; otros, a testigos de sucesos que había documentado durante las últimas semanas. Gabriel Robledo aparecía junto a la fecha de una de las cartas imposibles. Julián Soria figuraba en una anotación relacionada con el accidente del camión. Inés Robledo aparecía en una línea sin fecha, acompañada de una frase: «Sigue esperando». Debajo, en una letra distinta, alguien había escrito: «No todas las llamadas buscan una respuesta. Algunas necesitan que alguien confirme que sigue al otro lado». Valcárcel cerró la carpeta y se quedó mirando el teléfono que utilizaba para comunicarse con sus colaboradores. Era un aparato de sobremesa, con carcasa oscura y auricular pesado, conectado a una línea que funcionaba con normalidad. No había ninguna razón para temerlo. Aun así, aquella tarde decidió desconectarlo antes de abandonar el despacho, a las 03:06 de la madrugada, el teléfono sonó...
Valcárcel despertó sobresaltado en la habitación contigua. Tardó unos segundos en comprender de dónde procedía el sonido. El aparato estaba sobre el escritorio, al otro lado de una puerta cerrada, y él recordaba haber retirado el cable de la toma antes de acostarse. El timbre volvió a sonar, tres veces seguidas, con pausas regulares entre cada llamada. El investigador se levantó, encendió una lámpara y consultó el reloj de bolsillo. Las agujas marcaban las 03:06. Se acercó al despacho sin tocar el teléfono. El sonido cesó cuando puso la mano sobre el picaporte, pero al abrir la puerta descubrió que el cable estaba conectado de nuevo. No recordaba haberlo hecho. El auricular descansaba sobre la horquilla y el aparato parecía completamente normal, salvo por una pequeña mancha de humedad que se extendía bajo su base. Valcárcel permaneció inmóvil durante casi un minuto. Después, el teléfono volvió a sonar. El investigador recordó la advertencia de la carpeta y decidió no contestar. Dejó que el timbre se prolongara hasta que el sonido se detuvo por sí solo. Inmediatamente después oyó tres golpes en la puerta principal de la vivienda. No eran golpes fuertes ni impacientes. Sonaban con una regularidad casi cortés, como los de un visitante que confía en que alguien acabará abriéndole. Valcárcel se acercó al vestíbulo y miró por la mirilla. No había nadie en el rellano. Cuando regresó al despacho, el teléfono había dejado de sonar y el auricular se encontraba separado del aparato, apoyado sobre la mesa. Desde el pequeño altavoz llegaba una respiración lenta y entrecortada. El investigador sabía que no debía responder, pero también comprendía que aquella llamada podía contener información decisiva sobre el expediente 31. Tomó el auricular sin acercárselo al oído y lo sostuvo frente a la lámpara. La respiración continuó durante unos segundos. Después, una voz masculina pronunció su nombre.
—Esteban Valcárcel.
No era la voz de Gabriel Robledo ni la de Julián Soria. Parecía más joven, aunque tenía una fatiga profunda en la manera de hablar, como si llevara muchas horas intentando mantenerse despierto. Valcárcel no contestó. La voz repitió su nombre y añadió que tenía poco tiempo. El investigador preguntó quién llamaba, olvidando por un instante la advertencia. Al otro lado se produjo un silencio prolongado. Después llegó una respuesta:
—Soy usted. Pero todavía no he llegado a donde está.
Valcárcel sintió que el auricular se volvía más pesado. La voz explicó que llamaba desde una habitación que no aparecía en los planos de ninguna casa, una estancia con una ventana iluminada y una puerta marcada con el número doce. Dijo que llevaba mucho tiempo intentando encontrar la salida, pero que cada vez que abría una puerta regresaba al mismo pasillo. Había probado a pedir ayuda, a gritar y a golpear las paredes. Nadie había respondido hasta aquella noche. Valcárcel quiso saber en qué fecha se encontraba su interlocutor, pero la voz solo respondió que el reloj llevaba detenido a las 23:17 desde que había llegado. Después preguntó si el investigador había encontrado ya la fotografía de la niña. Valcárcel miró hacia la mesa. La imagen de Inés seguía guardada dentro de una funda, junto a las notas del camino de la Higuera. No había mencionado aquella fotografía a nadie. Preguntó a la voz cómo sabía de su existencia, pero el interlocutor no respondió. En su lugar, empezó a enumerar detalles de la habitación: una lámpara con la pantalla agrietada, una silla colocada frente a la puerta y un cuaderno abierto por una página que todavía no había sido escrita. Valcárcel reconoció cada objeto. Eran los mismos que se encontraban en su despacho, aunque la silla estaba ahora junto a la ventana y el cuaderno permanecía cerrado sobre el escritorio. Cuando la voz describió una pequeña mancha de humedad bajo el teléfono, el investigador bajó la mirada. La mancha había comenzado a extenderse, formando un círculo oscuro alrededor de la base.
—Escúcheme con atención —dijo la voz—. Dentro de unos días recibirá una carpeta con su nombre. No la abra cuando llegue. No importa lo que encuentre dentro. Si ve la fecha del treinta y uno, quémela sin leerla.
Valcárcel preguntó qué contenía la carpeta. La respuesta llegó acompañada de un ruido semejante al de una puerta que se cerraba al otro lado de la línea.
—La prueba de que usted contestó.
El investigador sintió un escalofrío. Miró el auricular y comprendió que la llamada no podía proceder de ninguna central convencional. Sin embargo, la voz parecía estar respondiendo a sus preguntas en tiempo real, con pausas y vacilaciones que no se correspondían con una grabación. Preguntó si el interlocutor era realmente él mismo y qué le había ocurrido. La voz tardó tanto en contestar que Valcárcel creyó que la comunicación se había cortado.
—No recuerdo cómo llegué aquí —dijo finalmente—. Solo recuerdo que alguien llamó a mi puerta y que yo abrí.
Entonces, desde el fondo de la comunicación, se escucharon tres golpes. No eran los golpes de la puerta de Valcárcel, sino otros más lejanos, amortiguados por paredes gruesas. La voz dejó de hablar. Se oyó el roce de unos pasos y una respiración que se aceleraba. Después, el interlocutor susurró que alguien había llegado al otro lado de su puerta y que no debía dejarlo entrar. Valcárcel le pidió que se alejara de la entrada, pero la voz respondió que no podía hacerlo. La habitación parecía hacerse más pequeña cada vez que intentaba retroceder. Algo estaba girando lentamente el pomo desde el otro lado.
—Esteban —dijo el interlocutor, con un tono que ya no parecía cansado, sino desesperado—. Si vuelve a llamar, no contestes. No importa qué voz utilice. No contestes.
La comunicación se interrumpió.
Valcárcel dejó el auricular sobre la mesa y comprobó la línea. El cable seguía conectado, pero el aparato estaba frío y el timbre había dejado de funcionar. Abrió la ventana para que entrara aire y descubrió que la calle se encontraba completamente vacía. El reloj de la pared marcaba las 03:07. Solo había transcurrido un minuto desde el comienzo de la llamada, aunque el investigador habría jurado que llevaba hablando mucho más tiempo. Volvió a la mesa, abrió el cuaderno y anotó lo sucedido con todo el detalle que pudo recordar. Cuando terminó, descubrió que la última frase había aparecido escrita dos veces. En la segunda ocasión, la letra no era la suya: «No contestes. Ya sabe cómo hablas». A la mañana siguiente, Valcárcel acudió a la central telefónica para solicitar una comprobación de su línea. El empleado revisó los registros y confirmó que no constaba ninguna llamada entrante durante la madrugada. La instalación había permanecido desconectada desde las diez de la noche anterior y el cable que unía el aparato con la toma estaba roto por un punto cercano al enchufe. Valcárcel le mostró la fotografía de la central de 1904 y preguntó por Adela Muñoz. El empleado reconoció el edificio, aunque aseguró que el cuadro de clavijas de la imagen había sido retirado hacía años. Después observó la fecha escrita en el reverso y palideció. La fotografía no mostraba una central de 1904, sino una sala de comunicaciones que no había sido construida hasta 1912. Al ampliar la imagen con una lupa, Valcárcel descubrió un detalle que no había advertido: detrás de la operadora, reflejada en el cristal de una ventana, había una figura masculina sosteniendo un teléfono. La figura tenía el rostro vuelto hacia la cámara y vestía una chaqueta idéntica a la que el investigador llevaba puesta. Esa tarde encontró una nueva carpeta sobre el escritorio. Nadie había llamado a la puerta, y la cerradura de la vivienda no mostraba señales de haber sido forzada. En la cubierta figuraba su nombre completo, escrito con la misma tinta negra del expediente anterior. Valcárcel recordó la advertencia de la voz y acercó una cerilla al borde del papel. Sin embargo, antes de prenderlo, advirtió que la fecha del 31 de octubre estaba escrita en la esquina inferior. Dudó durante unos segundos y finalmente abrió la carpeta. Dentro había una sola hoja, con una transcripción mecanografiada de la conversación que había mantenido durante la madrugada. Cada pregunta, cada pausa y cada respuesta aparecían reproducidas con exactitud. Al final figuraba una anotación: «Interlocutor identificado. La comunicación ha sido establecida». Debajo, en una letra que Valcárcel reconoció como la suya, aparecía una frase breve:
«Gracias por confirmar que sigue al otro lado».
El investigador cerró la carpeta y la arrojó al fuego. El papel ardió con rapidez, pero antes de consumirse por completo dejó ver una última línea escrita en el reverso: «Próxima llamada: 31 de octubre de 1926. 03:06». Valcárcel permaneció frente a las llamas hasta que no quedó más que ceniza. Después recogió los restos con unas pinzas y los guardó en un sobre, incapaz de decidir si había destruido una prueba o cumplido exactamente lo que la voz esperaba de él. Aquella noche desconectó todos los teléfonos de la vivienda y dejó el auricular dentro de un cajón cerrado con llave. Antes de acostarse, comprobó tres veces que la puerta principal estuviera asegurada. A las 03:05 se despertó sin saber por qué. Permaneció inmóvil, escuchando el silencio de la casa. Un minuto después, el reloj del dormitorio se detuvo. Desde el interior del cajón llegó un timbre amortiguado, pero Valcárcel no se levantó...
El teléfono sonó una segunda vez. Después una tercera. El investigador cerró los ojos y apretó las manos contra la almohada. Entonces escuchó una voz que procedía de algún lugar situado al otro lado de la pared. No era la voz cansada de la primera llamada. Era la suya, pronunciando con absoluta claridad una frase que todavía no había escrito en ninguno de sus cuadernos:
—Esteban, ya puedes abrir. Esta vez hemos llegado todos.
A continuación, tres golpes resonaron en la puerta de la habitación.
Valcárcel permaneció en silencio hasta el amanecer. Cuando finalmente se atrevió a salir, el cajón seguía cerrado y el teléfono permanecía dentro. No había ninguna llamada registrada. Sin embargo, sobre la mesa del despacho encontró una hoja arrancada de su cuaderno, cubierta por una letra que parecía la suya, aunque las palabras estaban escritas con una presión excesiva, casi violenta. En la parte superior figuraba el título del siguiente expediente: «Diario de un vigilante nocturno», debajo, una frase cerraba la página:
«Si la llamada llega desde el otro lado, ¿quién está escuchando realmente?»
Fin de la Noche 19.

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