domingo, 27 de septiembre de 2026

Biescas: Voces en el lugar de la memoria

Una investigación de Grupo Alpha entre la tragedia, la memoria y aquello que todavía no sabemos explicar



Hay lugares que, con el paso de los años, dejan de ser simplemente un punto en un mapa. El paisaje permanece, los caminos cambian, la vegetación vuelve a ocupar espacios que alguna vez fueron destruidos y la vida continúa alrededor. Sin embargo, hay acontecimientos que quedan ligados para siempre a determinados lugares. Biescas es uno de ellos.

El 7 de agosto de 1996, una avenida extraordinaria de agua y materiales arrasó el camping Las Nieves, situado en el barranco de Arás, en Biescas, Huesca. La tragedia provocó la muerte de 87 personas y dejó numerosos heridos, además de unas consecuencias materiales y humanas que marcarían para siempre a quienes estuvieron allí y a quienes perdieron a alguien aquella tarde. Pero detrás de esa cifra hay 87 historias. Hay nombres, familias, proyectos de vida, fotografías guardadas en cajones, habitaciones que quedaron vacías y personas que tuvieron que aprender a continuar después de aquella tarde. Por eso, cuando uno visita hoy aquel lugar, resulta difícil contemplarlo únicamente como un escenario natural. Allí ocurrió algo que no debería reducirse jamás a una estadística.


Antes de la tragedia ya existían preguntas

Conocer Biescas implica también conocer lo que ocurrió antes del 7 de agosto de 1996. Durante el proceso judicial posterior quedaron recogidos diferentes antecedentes técnicos y advertencias relacionados con la ubicación del camping. La sentencia de la Audiencia Nacional analiza expresamente estos antecedentes y señala que existían advertencias previas sobre los riesgos de aquella localización. Entre ellas figuraban informes desfavorables emitidos por técnicos de la Diputación General de Aragón, además de otros estudios y referencias anteriores.

La cuestión no era determinar qué día iba a producirse una avenida de esas características, algo que evidentemente no podía conocerse con precisión. Lo que terminó examinándose judicialmente era si el riesgo de aquella ubicación podía haber sido identificado con anterioridad y si las administraciones competentes habían valorado adecuadamente ese riesgo. La Audiencia Nacional consideró que existían elementos suficientes para apreciar esa responsabilidad patrimonial y condenó a la Diputación General de Aragón y al Ministerio de Medio Ambiente, a través de la Confederación Hidrográfica del Ebro, al pago de las indemnizaciones reconocidas a los distintos perjudicados.

Leer estos documentos muchos años después produce una sensación difícil de explicar. Cuando conocemos el desenlace, determinadas palabras adquieren un peso diferente. “Riesgo”, “ubicación”, “advertencia” o “previsible” dejan de ser términos exclusivamente técnicos y adquieren una dimensión profundamente humana, porque detrás de aquella discusión administrativa había personas cuya vida terminaría marcada para siempre por lo sucedido. No estamos hablando solamente de una cuestión administrativa, estamos hablando de personas. 

(Dado lo extenso de la sentencia os dejamos AQUÍ un enlace al texto completo de la misma para que podáis comprobar los detalles)

La justicia también forma parte de la tragedia

Entre quienes acudieron a los tribunales para reclamar responsabilidades estuvo José Luis Torres Segovia. La documentación judicial recoge su reclamación por el fallecimiento de su esposa, María Luisa Guillermo Guillermo, y de su hija menor, Zoraida Torres Guillermo. La propia sentencia reconoce expresamente esos vínculos familiares y el derecho correspondiente a percibir las indemnizaciones establecidas por el tribunal. Este detalle adquiere una importancia especial cuando uno conoce lo que ocurrió muchos años después, porque los nombres de María Luisa y Zoraida terminarían apareciendo ante nosotros de una manera completamente inesperada. Pero antes de llegar a ese punto hay que regresar al principio de nuestra historia: a nuestra visita, a Biescas y a aquel día en que decidimos volver al lugar.

El regreso

Hace aproximadamente cuatro años, mi querido hermano Miguel y yo decidimos acudir a Biescas. Para Miguel aquella visita tenía además una dimensión especialmente difícil. Él trabaja en emergencias y, según su propio recuerdo, había formado parte de los equipos que acudieron a Biescas aquella tarde de 1996. No regresaba únicamente como investigador. Regresaba también como alguien que había conocido de cerca las consecuencias de aquella tragedia.


Hay lugares a los que uno vuelve con una cámara, una grabadora y material de investigación, y hay lugares a los que uno vuelve llevando también recuerdos. Por eso, desde el principio tuvimos claro que aquella visita no podía plantearse como una investigación paranormal convencional. No íbamos allí buscando “fantasmas” ni queríamos convertir el sufrimiento de las víctimas en un espectáculo o intentar fabricar una historia donde no la hubiera. Íbamos a observar, a escuchar y, sobre todo, a respetar.


Primero observar, después preguntar

Antes de interpretar cualquier cosa hicimos algo que consideramos fundamental: observar el entorno. Realizamos mediciones ambientales, entre ellas temperatura y campos electromagnéticos, los valores registrados se encontraban dentro de parámetros normales y no detectamos ninguna anomalía ambiental destacable durante nuestra visita en ese sentido. Esto es importante contarlo porque investigar lo inexplicado también significa aceptar cuando no encontramos nada extraordinario. No todo lugar asociado a una tragedia tiene que presentar fenómenos anómalos, no toda sensación extraña constituye una evidencia y una investigación seria no debería comenzar con una conclusión para después buscar elementos que la confirmen. Después de aquello, nos sentamos en una pequeña barrera de piedra junto al barranco y hablamos largo y tendido sobre lo que Miguel había vivido aquel día y realizamos una pequeña oración en homenaje a todas las personas que perdieron la vida allí. No fue un experimento ni un ritual destinado a provocar respuestas. Fue simplemente nuestra manera de mostrar respeto antes de continuar con la investigación. Y fue entonces, mientras charlábamos cuando apareció la primera grabación.


Una herramienta, una pregunta y una voz

Durante aquella jornada utilizamos también un OVILUS, un dispositivo que trabaja con una base de palabras pregrabadas y que reproduce diferentes términos durante la investigación. Para quienes no estén familiarizados con este tipo de herramientas, existe una diferencia importante respecto a una grabación tradicional de audio: en este caso, las palabras aparecen de manera inmediata, sin necesidad de realizar posteriormente una escucha minuciosa para intentar identificar sonidos entre ruidos ambientales.

Ahora bien, que una palabra sea perfectamente comprensible no demuestra por sí mismo cuál es su origen. La hipótesis paranormal sostiene que algún tipo de entidad podría influir en la selección de determinadas palabras, pero esa interpretación no está científicamente demostrada y, por tanto, debe permanecer precisamente donde corresponde: en el terreno de la hipótesis. Lo interesante comienza cuando una respuesta parece guardar relación con aquello que estamos investigando. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

La primera voz

En una de las grabaciones apareció una secuencia que nosotros interpretamos como “Hermana, Guille, déjalo aquí”.
   
Nuestra primera reacción fue intentar entender qué podía significar aquello. No sabíamos quién era “Guille”, tampoco a quién podía referirse la palabra “hermana” y, desde luego, no teníamos ninguna razón para relacionar aquella frase con una persona concreta. Lo importante es que conservamos la grabación original, y eso nos permitió enseñársela posteriormente a otras personas sin explicarles previamente qué habíamos escuchado nosotros, intentando evitar, en la medida de lo posible, condicionar su percepción. Distintas personas que escucharon el audio original sin conocer nuestra interpretación previa identificaron de manera independiente la misma secuencia verbal. Eso no demuestra que estuviéramos ante una voz paranormal, pero sí constituye un elemento interesante desde el punto de vista documental: varias escuchas independientes convergieron en una interpretación semejante. Y entonces sucedió algo que cambió por completo nuestra percepción de aquella grabación.

Vamos a mirar el memorial

Hasta ese momento no habíamos decidido buscar ningún nombre concreto. Sin embargo, aquella palabra, “Guille”, nos llamó la atención y decidimos acercarnos al memorial. Queríamos comprobar qué nombres aparecían allí, sin ninguna expectativa concreta y sin saber lo que íbamos a encontrar. El monumento conmemorativo contiene los nombres de las personas que murieron en la tragedia. Nos acercamos y comenzamos a leerlos hasta que aparecieron dos nombres que llamaron poderosamente nuestra atención:

María Luisa Guillermo Guillermo.

Zoraida Torres Guillermo.



Nos quedamos mirando aquellas inscripciones, “Guillermo”, “Guille”. La coincidencia era evidente desde el punto de vista de las palabras, pero seguía sin existir ninguna prueba que permitiera establecer una relación entre aquella grabación y aquellas dos personas. Eso era precisamente lo que hacía que el momento resultara tan desconcertante: no habíamos partido de esos nombres, no habíamos seleccionado previamente a esas víctimas y la grabación había aparecido antes de acercarnos al memorial. Solamente después descubrimos aquellos nombres. Pero todavía faltaba algo....

María Luisa y Zoraida

La historia podía haberse quedado ahí: una palabra que parecía coincidir con un apellido, dos nombres encontrados posteriormente en un memorial y una coincidencia llamativa. Sin embargo, decidimos investigar un poco más. La documentación judicial que hemos consultado establece que María Luisa Guillermo Guillermo era la esposa de José Luis Torres Segovia y que Zoraida Torres Guillermo era su hija menor. La sentencia recoge expresamente los fallecimientos de ambas y la reclamación formulada por José Luis por la pérdida de su esposa y de su hija. De repente, aquellos nombres dejaron de ser simplemente nombres inscritos en una piedra. Eran una madre y una hija, dos miembros de una familia que había quedado rota aquella tarde y detrás de ellas había un hombre que tuvo que continuar viviendo después de perderlas.

Pero la historia familiar todavía guardaba otro detalle que descubrimos al profundizar en la documentación de aquellos días. Zoraida tenía un hermano llamado Borja, que también sobrevivió a la tragedia y permaneció ingresado junto a su padre, José Luis. Las crónicas de aquellos días recogen incluso que el pequeño preguntaba por su madre y por su hermana.

Y fue entonces cuando volvimos inevitablemente a aquella primera grabación. Nosotros habíamos entendido una de las palabras como «hermana». Hasta ese momento, aquella expresión formaba parte de una secuencia sonora que no sabíamos cómo interpretar. Pero conocer la existencia de Borja abría una posibilidad que antes no habíamos contemplado: si la voz hubiera correspondido, hipotéticamente, a la pequeña Zoraida, «hermana» podría adquirir un significado mucho más concreto. No sabemos si era así. No sabemos quién produjo aquella voz ni podemos afirmar que tuviera relación alguna con la familia. Pero la coincidencia documental hizo que aquella palabra adquiriera, para nosotros, una nueva dimensión.

El periodista de El Pais, Luis Fernando Duran
cubría la triste noticia del sepelio en Madrid el 11 Agosto de 1996 

Y aquí está uno de los puntos más interesantes de toda la investigación: no estamos diciendo que hayamos identificado a una persona en la grabación. Estamos diciendo que, después de escucharla, encontrar los nombres de María Luisa y Zoraida y reconstruir posteriormente parte de su historia familiar, aparecieron elementos que establecían conexiones que nosotros no habíamos buscado de antemano. Eso no convierte la grabación en una prueba de comunicación paranormal, pero sí explica por qué decidimos conservarla, contrastarla y volver sobre ella una y otra vez.

Esto es algo que no deberíamos olvidar nunca cuando hablamos de tragedias como Biescas: antes que «casos», antes que «nombres interesantes» y muchísimo antes que posibles fenómenos paranormales, fueron personas. María Luisa. Zoraida. José Luis. Borja. Una familia real que aquel 7 de agosto de 1996 perdió a una madre y a una hija y tuvo que aprender a vivir con esa ausencia.


Y entonces llegó la segunda grabación

La investigación todavía nos tenía preparada otra sorpresa. En otro momento de la sesión apareció una segunda palabra que interpretamos como “Mirando”. Era una palabra sencilla, incluso cotidiana, pero que dentro del contexto de lo que acabábamos de vivir adquirió un significado diferente.
 

No porque pudiéramos afirmar que alguien nos estaba hablando ni porque pudiéramos decir que aquello procedía de una persona fallecida, sino porque una nueva pieza aparecía después de la primera coincidencia y volvía a plantearnos la misma pregunta: ¿qué estábamos escuchando realmente?


Una coincidencia no es una prueba

Aquí es donde debemos detenernos. Sería muy sencillo escribir que encontramos a María Luisa y Zoraida, que escuchamos “Guille” y que, por tanto, aquellas voces pertenecían a ellas. Pero no podemos afirmarlo y, precisamente porque tratamos este tema con respeto, no queremos hacerlo. Una coincidencia puede ser extraordinariamente llamativa y seguir siendo una coincidencia. Una percepción auditiva puede resultar compartida por varias personas y no por ello demostrar un origen paranormal. Una palabra puede encajar con un contexto sin haber sido producida por una entidad. También existen explicaciones alternativas que deben permanecer abiertas: sonidos ambientales, voces humanas lejanas, artefactos electrónicos, procesamiento perceptivo, pareidolia auditiva u otros fenómenos que todavía no hayamos identificado. La investigación no consiste en escoger la explicación que más nos emociona. Consiste en conservar todas las posibilidades mientras no tengamos elementos suficientes para descartar unas u otras. Y eso incluye aceptar una respuesta que, en ocasiones, resulta incómoda: no lo sabemos.


Lo que sí podemos decir

Después de todo este tiempo, creo que podemos separar perfectamente tres niveles. Primero están los hechos documentados: el 7 de agosto de 1996 una avenida de agua arrasó el camping Las Nieves y provocó 87 muertes; existían antecedentes y advertencias relacionados con el riesgo de la ubicación, y la Audiencia Nacional terminó estableciendo responsabilidades patrimoniales de las administraciones que condenó en su sentencia.

Después están nuestras experiencias. Estuvimos allí, medimos el entorno, realizamos una grabación, escuchamos determinadas palabras y posteriormente otras personas escucharon los audios originales y coincidieron con nuestra interpretación verbal. Después encontramos en el memorial los nombres de María Luisa Guillermo Guillermo y Zoraida Torres Guillermo. Todo eso forma parte de nuestra experiencia y puede documentarse. 

Y, finalmente, está la interpretación. Ahí es donde debemos ser especialmente prudentes. No sabemos quién pronunció aquellas palabras, no sabemos si realmente hubo una voz externa a nuestros propios procesos perceptivos, no sabemos si las coincidencias tienen algún significado o si estamos ante una combinación extraordinaria de circunstancias y tampoco sabemos si algún día podremos responder a esas preguntas.

Volver a escuchar los nombres

Hay algo que nos quedó especialmente grabado de aquella visita. No fueron las mediciones ni el dispositivo, y ni siquiera fueron las grabaciones. Fueron los nombres. Después de escuchar “Guille” y encontrarnos con María Luisa y Zoraida, ya no podíamos mirar aquel memorial de la misma manera...

Quizá esa sea una de las cosas más importantes que puede hacer una investigación de este tipo: obligarnos a mirar de nuevo aquello que otros han dejado atrás. Miguel y yo fuimos allí buscando respuestas, pero acabamos encontrando sobre todo preguntas y, por encima de todo, memoria.



Las voces que sí conocemos

Después de tantos años hablando de misterio, quizá una de las cosas que más hemos aprendido es que existen voces mucho más importantes que cualquier supuesto fenómeno paranormal. Son las voces de quienes sobrevivieron, las de las familias, las de quienes estuvieron allí, las de los profesionales de emergencias que acudieron aquel día, las de quienes tuvieron que reconocer a sus seres queridos y las de quienes siguieron reclamando respuestas cuando las cámaras ya se habían marchado. También están las voces de quienes, como José Luis Torres Segovia, tuvieron que acudir a los tribunales después de perder a su esposa y a su hija. La sentencia recoge expresamente esa reclamación y reconoce su derecho a las indemnizaciones correspondientes por ambas pérdidas. Esas son voces reales. Voces que podemos escuchar y documentar. Quizá deberíamos prestarles siempre mucha más atención, porque cuando investigamos un lugar marcado por una tragedia, nuestra primera obligación no es intentar descubrir a los muertos. Es recordar a los vivos.


No sabemos quién habló

A día de hoy seguimos sin saber qué fueron aquellas voces. No podemos afirmar que fueran María Luisa o Zoraida, no podemos afirmar que procedieran de ninguna persona fallecida y tampoco podemos afirmar que fueran simplemente una casualidad sin significado. Lo único que podemos hacer es conservar las grabaciones, explicar exactamente cómo se produjeron, contar qué escuchamos, mostrar qué ocurrió después y dejar abierta la pregunta. Porque una investigación responsable no debería tener miedo de reconocer sus límites. Y quizá, después de todo, haya algo mucho más importante que descubrir quién dijo “Guille”: recordar a quién pertenecía aquel nombre.

María Luisa Guillermo Guillermo.

Zoraida Torres Guillermo.

Fueron dos personas que tuvieron una vida antes de convertirse en nombres sobre una piedra. Fueron una madre y una hija, dos miembros de una familia y dos de las 87 vidas que quedaron truncadas aquella tarde.


Quizá nunca sepamos qué ocurrió con aquellas grabaciones. Quizá algún día aparezca una explicación completamente natural. Quizá permanezcan como una de esas pequeñas historias que se resisten a ser clasificadas. Pero hay algo que sí sabemos: aquellas personas existieron, tuvieron nombres, fueron amadas y dejaron atrás familias que tuvieron que aprender a vivir con su ausencia. Muchos años después, todavía hay personas que regresan al lugar para recordarlas en cada aniversario. Por eso, cuando volvemos a escuchar aquella grabación, intentamos hacerlo con prudencia, sin convertirla en una certeza, sin utilizarla para alimentar una historia fácil y sin olvidar jamás dónde fue registrada, porque detrás de aquella palabra no hay solamente un posible misterio, hay una historia humana.
Y quizá la pregunta más importante que nos dejó toda aquella investigación no sea “¿quién habló?”, sino otra mucho más difícil:

¿Cómo puede un lugar conservar durante décadas la memoria de quienes ya no están?

No tenemos una respuesta. Pero quizá tampoco haga falta tenerla. Mientras alguien recuerde sus nombres, mientras alguien visite aquel lugar con respeto, mientras una familia siga formando parte de la memoria colectiva y mientras alguien se detenga ante aquel monumento para leerlos en silencio, aquellas vidas seguirán formando parte de nuestra historia. Y tal vez eso sea, al final, la única forma de escuchar verdaderamente a quienes ya no pueden hablar.


Nota metodológica: las grabaciones y experiencias descritas corresponden a la investigación de campo realizada por Grupo Alpha. Las interpretaciones de las voces se presentan como tales y no como una demostración de origen paranormal. Los datos históricos y judiciales citados en el artículo proceden de la documentación consultada.

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