Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
La primera noticia del caminante llegó a Esteban Valcárcel a través de una carta sin remitente, depositada en el buzón de la pensión donde se alojaba después de abandonar San Bartolomé del Silencio. El sobre contenía una hoja arrancada de una libreta de conductor, tres fotografías borrosas y una dirección escrita con lápiz: el puerto de la Hoz Negra, una carretera de montaña que atravesaba un paso estrecho entre dos cordilleras y que, según el mapa, llevaba décadas prácticamente en desuso. En el reverso de una de las fotografías alguien había escrito: «No lo recoja. No importa cuánto frío tenga». Valcárcel reconoció en aquella advertencia la misma letra que había encontrado en las notas de su archivo, aunque esta vez la escritura parecía apresurada, como si su autor hubiese redactado el mensaje mientras intentaba mantener la mano firme.
El conductor que había enviado la documentación se llamaba Mateo Rivas y trabajaba para una pequeña empresa de transporte de mercancías. En su declaración, fechada el 6 de octubre, aseguraba haber visto a un hombre caminando por el puerto en mitad de una tormenta. Vestía un abrigo oscuro, llevaba la cabeza descubierta y avanzaba por el borde de la carretera con una tranquilidad impropia de quien se enfrenta a un temporal. Mateo detuvo el camión para ofrecerle ayuda, pero el desconocido no respondió a sus preguntas. Se limitó a señalar el asiento del acompañante y pronunció una frase que el conductor recordaría durante el resto de su vida: «Llegamos tarde». Mateo insistió en que no conocía al hombre y que nunca antes había circulado por aquella carretera, pero cuando volvió a arrancar el motor descubrió que el reloj del tablero marcaba las 23:17. Permaneció detenido durante unos segundos, sin comprender por qué, y cuando miró de nuevo hacia el arcén, el caminante había desaparecido.
Valcárcel decidió investigar el lugar antes de que el testimonio se perdiera entre rumores. El 14 de octubre emprendió el viaje con una maleta pequeña, su cámara fotográfica y el cuaderno de campo. El cielo estaba cubierto y la temperatura descendía a medida que el camino ascendía entre bosques de pinos y laderas rocosas. En la última venta antes del puerto, un establecimiento de paredes encaladas y ventanas estrechas, preguntó por Mateo Rivas y por los avistamientos del caminante. El dueño dejó de secar un vaso cuando escuchó el nombre de la carretera. Le explicó que los habitantes de la comarca evitaban atravesar el puerto después de la puesta de sol, no por temor a los ladrones ni a los desprendimientos, sino porque algunas noches aparecía un hombre junto a los mojones de piedra. Siempre caminaba en dirección contraria a los vehículos, siempre parecía cansado y siempre hacía la misma pregunta: cuánto faltaba para llegar.
—¿Adónde quiere llegar? —preguntó Valcárcel.
El ventero se encogió de hombros y guardó el vaso bajo el mostrador.
—Eso es lo que nadie ha conseguido averiguar.



