Archivo de Esteban Valcárcel. Octubre de 1926.
La primera referencia a la procesión apareció en una hoja arrancada de un libro parroquial, doblada en cuatro partes y escondida entre las páginas del diario de Esteban Valcárcel. El papel estaba tan deteriorado que algunas palabras se habían convertido en manchas pardas, pero todavía podían distinguirse el nombre de una aldea, una fecha escrita a lápiz y una anotación en el margen: «Preguntar por los muertos que caminan». Debajo, con una tinta mucho más reciente, alguien había añadido una frase que Valcárcel reconoció de inmediato. Era la misma letra que aparecía en el reverso de la quinta carta de Gabriel Robledo: «No sigas a quienes recuerdan el camino».
La aldea se llamaba San Bartolomé del Silencio y, según los mapas de la época, se encontraba en una zona montañosa a varias horas del pueblo más cercano. No figuraba en los itinerarios comerciales ni aparecía en las guías de viaje consultadas por Valcárcel. Sin embargo, un viejo recorte de periódico hablaba de una carretera que había quedado cortada por un desprendimiento en noviembre de 1898, dejando incomunicadas durante tres semanas a varias familias. El artículo terminaba con una noticia breve: el párroco y siete vecinos habían desaparecido durante una tormenta. Nunca se encontraron sus cuerpos y el asunto dejó de mencionarse poco después. Valcárcel llegó a la aldea al anochecer del 13 de octubre, acompañado por un arriero que se negó a cruzar el último puente. El hombre aseguró que conocía San Bartolomé desde niño, aunque no recordaba haberlo visitado jamás. Le explicó que su padre le había prohibido pronunciar aquel nombre después de una noche en la que, siendo todavía un muchacho, escuchó campanas en una montaña donde no existía ninguna iglesia. Antes de marcharse, sujetó a Valcárcel por el brazo y le hizo prometer que regresaría antes de medianoche. «Si oye cantar a los que llevan cirios, no mire sus caras», le advirtió. «Y, por lo que más quiera, no conteste si alguno lo llama por su nombre».


