Bajo el bullicioso corazón de París, más allá del tráfico, los cafés y las luces del Sena, se extiende un laberinto de pasadizos oscuros, húmedos y silenciosos. Las catacumbas de París no son solo una atracción turística ni un macabro relicario de huesos: son una ciudad subterránea de los muertos, cargada de historia, misterio y secretos que aún hoy susurran en la piedra.
Orígenes: de cantera a osario
En el siglo I d.C., los romanos comenzaron a extraer piedra caliza del subsuelo parisino para construir Lutecia, el embrión de la actual ciudad. Durante siglos, estas canteras se expandieron en la penumbra, formando una red subterránea que alcanzaría más de 300 kilómetros de longitud. Sin embargo, no fue hasta el siglo XVIII cuando este inframundo adquirió su forma más inquietante. A finales del siglo XVIII, los cementerios parisinos, especialmente el de los Santos Inocentes, desbordaban cadáveres. La acumulación de cuerpos era tal que los suelos se hundían y las enfermedades se propagaban. En 1786, bajo orden del rey Luis XVI, se comenzó el traslado de los restos humanos a las antiguas canteras, dando origen a lo que hoy conocemos como las Catacumbas de París.
